En cuanto abandono la zona de carga, donde van los pasajeros y no los verdaderos hijos de la mar, recupero mi ánimo en gran medida, y la oportunidad de una batalla siempre alegra el espíritu cuando vives de ello. Por supuesto, que esta vez no fuese el asaltante sino el asaltado solo era una vuelta de tuerca de la situación real y la emoción del combate. Sin decir nada a nadie, me muevo con soltura por el barco buscando una buena posición de tiro, y acabo afincado en un borde de la cubierta y protegido por la baranda y el costado del castillo de popa, justo a tiempo para contemplar al -seguro- capitán enemigo revelando su posición y demostrando lo machito que es.-Una pena que no contases conmigo... -murmuro para mí a la vez que sonrío macabramente, y mientras apoyo mi mosquete en la baranda para mejorar la precisión, apunto con cuidado a ese energúmeno y abro fuego una vez lo tengo a ojo.
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