[Un mes en la Casa matriz de la Sociedad de Exploradores y la visita a la tía Astrid]
El día acordado para la cita, me había escabullido en mitad de la noche, debidamente embozada en una larga capa oscura.
Como una sombra, había recorrido las frías y solitarias calles de Wandesbrow. hasta dar con la antigua casa matriz de la sociedad de exploradores.
Se trataba de una casa grande y señorial, construida en madera y piedra. Los interiores, de paredes desnudas y resistentes muebles de caoba le otorgaban un aire sobrio y regio. Mirara a donde mirara, las pilas de diarios y los rollos de pergamino se acumulaban sin ningún orden ni concierto.
El Señor Piotr me aguardaba en la estancia principal. Observando en silencio el crepitar de las llamas de la chimenea tallada. Su enorme tamaño hacía que el sillón orejero en el que estaba sentado pareciera ciertamente ridículo.
Un joven delgado y de aspecto desaliñado me había ofrecido asiento en una butaca más pequeña aunque de aspecto confortable, también frente a la chimenea. Los fríos y severos ojos del hombre, junto con el serio semblante bajo la espesa barba no auguraba buenas noticias.
Papá había desparecido mientras ahondaba en los secretos de una misteriosa isla recientemente emergida en el mar de la Espuma. Las antiguas leyendas sobre sus extrañas ruinas y los secretos que encerraban en su interior habían atraído las miradas de las distintas cortes de Thea y los saqueadores ya habían iniciado sus primeras incursiones. La costa estaba salpicada ya de pequeños asentamientos y las primeras tensiones sobre el reclamo en propiedad de la isla comenzaban a palparse en el ambiente.
Piotr y sus hijos tenían la intención de emprender también su propia expedición.
Aquella misma noche me había puesto manos a la obra. Cual monje ermitaño, pasaba las horas y los días entre los muros de la casa matriz, recopilando diarios de viajes, estudiando mapas y revisando cronologías. Comía cuando el ruso, alguno de sus hijos o el señor Arthur Scruch, el anciano y excéntrico bibliotecario (el cual parecía tener el super-poder de materializarse misteriosamente para chillarme cada vez que movía algo de su sitio) me obligaban y estaba convencida de que dormir estaba sobrevalorado. En unas semanas no solo había catalogado todos los documentos que pudieran tener una mínima relación con Isla Sombrero si no que, ciertas historias y referencias, habían vuelto a ponerme sobre la pista de viejas leyendas familiares.
Una vez hube devorado la última página del último diario, a una semana vista del viaje, me había despedido de la casa matriz con la firme promesa de regresar a tiempo. Tenía una ultima visita que hacer antes de partir. La tía Astrid....
[continuará...]
[continuará...]

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