viernes

Acto I: Trueno de tempestad


[Alta mar]


Con mucho o poco convencimiento todos los integrantes del grupo acabaron saliendo del estrecho comedor y recorriendo el bamboleante pasillo para subir por las empinadas escaleras de madera a la cubierta. Parpadearón un par de veces bajo la extraña luz proviniente de un cielo completamente nublado que anunciaba nieve e infortunio. Soplaba un viento endiabladamente frío para mediados de otoño y el olor a sal se mezclaba con las agujas heladas que sintieron desde el primer momento que pisaron la cubierta. Vieron al enorme Piotr, acompañado de sus tres hijos, apoyados al borde de la cubireta mirando al horizonte. Aunque no había que mirar muy lejos. El barco estaba virando a toda velocidad intentando dejar atrás una embarcación de mucho menos calado que se acercaba a toda velocidad.

- ¡Salió de la nada capitán!- gritó un chico que acababa de descender por una cuerda.- ¡Salieron del banco de niebla como si supieran exactamente dónde estabamos!

- Vuelve a tu puesto Barrow, ¡O te juro que los piratas serán el menor de tus problemas!- Bramó el capitán como toda respuesta. Un par de marineros sacaron un barril lleno de sables y hachas vetustas que los demás tripulantes fueron cogiendo a toda prisa. El timonel tenía los dientes serrados y el ceño fruncido mientras luchaba con el timón para dar media vuelta completa antes de que les atraparan los piratas.

- ¡Capitán!- chilló la voz de Barrow en la lejanía,- ¡Son los Masticahuesos, reconozco su bandera!

La tripulación quedó paralizada durante un instante y todos, cómo un solo hombre, miraron hacía popa, hacia el pequeño bergantín que les ganaba terreno a marchas forzadas. Era un barco pequeño con nueve cañones por banda y poco calado. No estaba hecho para llevar mucha carga, pero si era un barco rápido. Desde aquí ya se podían distinguir figuras en el barco, un montón de hombres mal vestidos y con mala pinta se acercaban a toda velocidad, tenian armas en las manos y parecían hambrientos y furiosos. El barco parecía haber pasado por un infierno antes de llegar hasta allí. Tenía la pintura levantada, manchas de sangre incluso en las velas y remiendos chapuceros por doquier, pero aun así se lo podía reconocer cómo un bergantín de exploración de la armada castellana. Sólo que no parecía proceder de la armada del Buen Rey.

- Vamos a morir todos- sentenció un marinero, cerca de donde estaban.

- ¡No quiero oír ninguna otra estupidez!- bramó el capitán,- ¡Izadlo todo! ¡Ningún estúpido cascarón castellano acabará con el Triumph! ¡Preparad el pedrero de popa! ¡Quiero ver cómo saltan astillas de ese montón de leña!

La tripulación volvió a hormiguear en un instante, cómo si se hubiera roto un hechizo. El artillero cargó el pedrero de popa con una bala de tres libras y apuntó cuidadosamente al otro barco. El proyectil voló con fuerza y alcanzó la cubierta del otro barco, despertando abucheos e insultos por parte de los piratas, que ya se podían oír. Ahora podían verlos con más claridad, un hombre se erguía en la popa del barco, desaliñado cómo los demás pero mucho más fiero. Lucía una casaca de la armada castellana manchada de sangre y con varias cuchilladas por encima de sus harapos, y un tricornio con una punta colgando en la cabeza. Llevaba un enorme alfanje en la mano y tenía los nudillos blancos y los ojos más cargados de odio que habían visto nunca.

De repente se inclinó hacía delante y soltó un larguísimo grito que parecía casi un rugido. Pudieron ver desde dónde estaban cómo se le hinchaban las venas del cuello y la frente y cómo de su boca abierta el grito más salvaje que habían oído nunca emergía cómo un trueno de tormenta. Su voz era grave y rasposa, cómo si hubiera atravesado el infierno y hubiera vuelto con más cicatrices y más atemorizante que nunca. Los dos barcos enmudecieron y hasta el mar cesó el ruido del oleaje debajo del rugido del hombre. Pudieron oír como el artillero tragaba saliva.

Los dos barcos estaban prácticamente juntos, el abordaje era inminente.

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