miércoles

Erin Morgan O'Neil

El aire helado y el olor a sal golpearon mi rostro. Me sujeté a una cuerda con una mano y me encaramé para mirar mejor. No podía decirse que fuera lo más prudente dadas las circunstancias pero, en mi experiencia, no importaba cuantas precauciones tomases, lo que tenía que pasar, pasaría de todas formas. Por ejemplo, podías tomar el camino seguro entre el castillo y el pueblo, ir acompañada e, incluso, viajar solo de día. Pero si te iban a atacar unos bandidos, pues era inevitable, atacarían. O podías no insultar al vesten enorme que estaba bebiendo en la barra, pero si te tocaba pelearte con él, alguien se tropezaría, te empujaría y le tirarías la bebida encima. Así eran las cosas y podía contar con los dedos de las manos la cantidad de viajes tranquilos que habia tenido.


Al principio no lo ví por la niebla, pero ahí estaba. Naturalmente no tenía ni idea sobre barcos, pero parecía que se iba a caer a pedazos. Esto, como todo el mundo sabía, significaba un barco robado y con una vida azarosa. Eso si, las velas no estaban rotas, no flotaba en el aire y no tenía un mascarón de proa con vida propia o de aspecto especialmente siniestro, lo que descartaba un barco fantasma. Considerándolo todo era un alivio. Como era un alivio que no hubiese sirenas.


Masticahuesos, sonaba peligroso. Pero claro, unos piratas con un nombre que no sonase peligroso serían ridículos. Qué diablos, me habría decepcionado si no lo tuviera. Eso era lo que resultaba preocupante. Bueno, eso y ver a la tripulación tan desmoralizada. Sobretodo cuando el que parecía el capitán gritó y era un grito que removía las entrañas. Por eso y sólo por eso, no me quedó más remedio que cantar.


No iba a hacerlo, en contra de lo que la gente creía no estaba loca. Pero si el enemigo inentaba desmoralizarnos, tendría que hacer algo para contrarrestarlo. Y todos sabían que cantar al ir a la batalla era una gran forma de infundir valor. Así que tomé aire y empecé a cantar una de esas canciones que todos sabían. Al menos en Avalon. El que hablase sobre patear culos castellanos y mear sobre sus cadaveres era sólo un extra.


Por un breve, muy breve instante, pensé en que podría molestar a Pablo. Le miré hice un gesto de disculpa, miré hacia el tipo que gritaba y seguí cantando. Con suerte, alguien me seguiría.

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