miércoles

Pablo Aldana Montoya del Castillo


Recorría la sala de un lado para otro. Me sentía como un animal encerrado. Tenía ganas de rascar las paredes, gritar. Tenía demasiadas dudas en la cabeza. ¿Qué era lo que de verdad quería? ¿No sería aquella extraña aventura tan absurda como en las que se encauzaba Lola? Erin me había arrastrado hasta aquel lugar. O me había dejado arrastrar.

Todo parecía sacado de una mala novela de aventuras. ¡Incluso teníamos un cojo! Muy pintoresco. Pero no pude dejar de evaluar a los presentes. No conocía a nadie, aparte de Erin, claro. Le había hablado de Joanna y algo de Fabien. Del resto, ni idea. Pero el azar, o quizá Theus, quiso que coincidiese con Joanna en aquel lugar.

Erin estaba empezando a incitar a los presentes a una de sus juergas, pero había asuntos más importantes que tratar. Me acerqué a las dos mujeres y con un gesto, pedí silencio a la que había sido mi compañera de aventuras durante las últimas semanas.

- ¿Sois Joanna, no? Perdonad que me meta donde no me llaman pero... - intenté mantener la calma - ¿Habéis dicho algo de la señorita Mercromina? Tengo alguien muy querido que estaba en aquella escuela y necesito algo de información sobre su posible paradero. Al parecer, hubo un accidente y un ala se incendió.

Por dentro quería zarandearla para que me respondiese. Pero mi madre no había criado a un energúmeno. Me apoyé sobre la espada y miré a Joanna a los ojos directamente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario