
Erin: Dejé que se sirviera el ron y me abstuve de criticar su carencia de apreciación del whisky u otros licores fuertes. El vino, aunque fuera bueno y tuviese saber, siempre me había parecido flojo, como la cerveza. Los niños bebían vino. Al pensar esto esbocé una sonrisa traviesa, pero escuché en silencio. Arriba podía escuchar el crujido de los tablones de madera en la habitación de Angus, que estaría despierto pero fingiendo que se acostaba. Me serví un vaso pensativa y paladeé el ron, no podía decirse que fuese de una gran calidad, pero tampoco podía quejarme. Estudié a Pablo que me miraba como si intentase decidir algo.
- Os guiaré, perderos por la ciudad no es lo peor que podría pasaros. Hay callejones peligrosos, gente sin escrúpulos y sidhe traviesos que acechan a los viajeros perdidos. - respondí con tranquilidad - Estoy acostumbrada a la lluvia y el tiempo tempestuoso. - esbocé una sonrisa torcida - Nací en una noche de tormenta después de todo.
Me levanté con agilidad y fui hasta la chimenea, cogí un palo que había junto a ella y golpeé el techo, justo debajo de la habitación de Angus. También lo hice para recordar al resto que sabía que escuchaban. El concepto de intimidad era algo que no existía en aquella casa y aunque hacían las cosas con la mejor de las voluntades, no dejaban de ponerme en un compromiso. Salimos a la noche y cuando habíamos caminado unos metros bajo una suave llovizna le mire y esbocé una sonrisa divertida.
- Espero que no os hayan puesto en un compromiso. Mañana haré que Angus os lleve vuestra camisa limpia. - me aparté un mechón de pelo húmedo y empecé a caminar - Decidme el nombre de vuestra posada.
Pablo: Me incorporé y seguí a Erin fuera de la casa. La noche era fresca y una densa niebla empezaba a formarse. Aquel lugar era extraño y en ocasiones algo místico. Negué con la cabeza para quitarme tonterías de la mente. La luna no se veía, oculta por las nubes, y todo lo que alumbraba aquella oscura callejuela donde nos encontrábamos era un triste farol. Me recordó a las peligrosas calles de San Cristobal.
- Era un nombre bastante raro... estaba junto al puerto. - Me llevé la mano al mentón. - Empezaba por G... era como la bebida esta... ah, sí, Gina’s. ¿La conoces?
Echamos a caminar hacia los muelles. Algunas de las calles estaban totalmente a oscuras. Erin se movía con agilidad por ellas. Yo habría sido incapaz de volver a casa de la señora Flowers. Así que tendría que confiar en recuperar mi camisa de manos de Angus.
- ¿Las noches en Avalon son siempre tan frías?
No hubo opción a respuesta. Un par de sombras se movieron a nuestra espalda, otra más se interpuso en mitad del camino. Aquél callejón era un buen sitio para asaltar a un par de viajeros. Y parecía que habíamos caído en la trampa. Pero algo olía raro, sobre todo cuando el tipo que estaba frente a nosotros se dirigió a mi en castellano.
- Creo que esta noche no disfrutarás de esa puta, muchacho. - Pude ver el reflejo del acero en su mano. Tras él se escucharon unas risas. Hice una cuenta rápida. Incluyendo a los de la espalda debían ser media docena en total. - Yo diría que no volverás a meter en caliente por una larga temporada.
Desenvainé y me puse en guardia.Contesté en castellano.
- No sé quiénes sois. Pero si valoráis un poco vuestra vida será mejor que os marchéis. Hay más primos a los que asaltar esta noche.
No tenía ninguna esperanza de que nos dejasen en paz. Que fuesen compatriotas me daba mala espina. Conocía su respuesta incluso antes de que terminase la frase.
- Lo lamento mucho pero no podrá ser. Nos han dado orden de que nos acompañéis. Podéis hacerlo por las buenas o por las malas. - A pesar de la poca luz, pude ver su sonrisa picada. - Por favor, resistíos.
Estaba claro que no había forma de evitar la lucha. Mi primera preocupación fue Erin, no tenía por qué verse envuelta en todo aquello.
- Me alegro de que Diego todavía pueda hablar. Le vi un poco afectado en nuestro último encuentro. - No pude evitar yo tampoco sonreír. - Dejad que la muchacha se vaya y tendré piedad.
No pareció que les gustase la idea. Todos a una se lanzaron sobre nosotros. Me giré a la pelirroja y le hablé en avalonés.
- En cuanto puedas, corre. Mañana nos encontraremos en mi posada. - Miré alrededor. - Por si acaso, trae un médico.
Me coloqué para recibir la acometida de aquellos matones, en postura defensiva. Aquello no duraría mucho.
Erin: No entendía nada de lo que estaban diciendo, pero no me gustaba el tono. Además, era una cuestión de principios. Eso lo lo sabía cualquiera. Si tienes un invitado, mientras sea tu invitado, te aseguras de que termine de una pieza. Es posible que borracho y con algún diente de menos por alguna pelea de taberna, pero de una pieza. Así que me quité el arco que llevaba colgado y con toda la calma del mundo les apunté, luego ya patearía sus culos huesudos, les escupiría en la cara y me reiría de sus idioteces.
- Claro que no, no pienso dejaros tirado. Solo son un par de estirados que se creen que por llevar ropas caras saben lo que hacen. No seré quien rehuya una pelea tan fácil. - luego para añadir más énfasis a mis palabras escupí en su dirección y dije la única palabra que sabía en castellano - ¡Bastardos!
En realidad era la única palabra que sabía decir en cualquier idioma. Me dio tiempo a disparar una vez antes de que estuvieran demasiado cerca. Luego aparté a uno que se me echaba encima de una patada y me puse espalda contra espalda con Pablo. En realidad, el no ir armada no me preocupaba demasiado, a fin de cuentas, no se diferenciaba tanto de cualquier pelea de taberna. Y sólo para reforzar eso, pisé con fuerza en un charcho para que el agua les saltase a la cara.
- Remilgados, lo que yo decía - reí con descaro mientras protestaban. Aunque tenía la certeza de que todos acabaríamos revolcados por el barro. Pero bueno, era parte de la emoción.
Pablo: Vi caer a uno por la flecha de Erin. Por suerte el callejón era estrecho y su número no les daría demasiada ventaja. Dos se me encararon. Un lanzó un ataque con algo de miedo, lo paré sin problemas. El segundo tuvo más brío. Mi espada estaba trabada con la del primero, pero aproveché el filo de mi oponente para parar al otro. Hice un par de giros al aire con la espada y una de las armas de los hombres del inquisidor acabó en el suelo. La cara de sorpresa fue mayor cuando se dió cuenta de que mi estoque atravesaba sus tripas. Se llevó las manos al estómago y cayó de rodillas.
Su amigo dudó unos segundos. Lo suficiente como para llevarse un buen tajo en la cara y parte del cuello. Empezó a perder mucha sangre. Soltó el arma y se tapó el cuello para intentar contener la hemorragia. Dió un paso atrás y otros dos pasaron a ocupar su lugar.
- No aprenden, Erin. Pero no deberías arriesgarte por mi.
Erin: La verdad es que me estaba divirtiendo. Lo de estar desarmada me daba una ligera desventaja pero eran torpes. Me eché a un lado para esquivar el estoque de uno y luego le sujeté por la muñeca, tirando de él hacia mi para que se estampase en el charco. Como era de esparar salpicó manchandonos a Pablo y a mi de barro pero no me paré a pensar en eso, si no que le di una patada en la cara para dejarle incosnciente.
El otro me rozó con su espada, justo la camisa que Angus acababa de arreglarme. Pero bueno, tampoco importaba demasiado y era un rasguño. Para vengarme le pegué un puñetazo en la cara, seguido de un rodillazo en los huevos y un codazo en la nariz. Cayó a plomo.
- ¡Volved a vuestro pais, hijos de mala madre! - le escupí aunque estaba inconsciente. Luego me giré para mirar si había más, pero estaban todos muertos o inconscientes. Miré a Pablo - ¿Pero qué dices? Si apenas nos han durado. Comparado con las peleas que tenía con mis hermanos estos son unos flojos - le di una patada en las costillas a uno - ¿Ves? Unos flojos.
Pablo: Noté el barro húmedo sobre el dorso de mi mano. Me dió bastante igual, ya me preocuparía por eso más tarde. La mirada de los dos hombres frente a mi denotaba miedo. Uno de ellos lanzó una estocada demasiado alta. Me aparté a un lado y lo esquivé con facilidad. El otro levantó el arma, pero no se atrevió a lanzar un golpe. Golpeé su filo con el mío en actitud despectiva, y un humillante ruido de aceros resonó durante unos segundos. Pero me confié, no vi al tercero, detrás de ellos, que empuñaba una pistola. Escuché el sonido del mecanismo antes que la explosión. La bala voló entre los dos hombres y me impactó en el hombro izquierdo. Cerré los ojos de dolor. Me miré la herida. No parecía muy grave y la bala había salido por el otro lado. En venganza, rajé desde el esternon hasta el ombligo al que tenía a la izquierda. Bajo la ropa fina había un muchacho joven, seguramente inexperto. Me fijé en los hombres que habían muerto. Tampoco debían superar los veinte. Diego estaba enviando lo peor que tenía a por mi. Supongo que esperaba encontrarme sólo.
Erin: Meneé la cabeza y apunté con el arco al último de los idiotas que había aparecido, el de la pistola. Pistolas, qué poco estilo. En serio, las pistolas no eran nada épicas. Realmente no necesitaba detenerme un segundo a apuntar, pero era por la tensión dramática. La flecha voló en dirección al tipo y se clavó limpiamente en su brazo, haciendo que soltase la pistola y quedara clavado a un poste detrás suyo. Eso sí que era epico. Lamentablemente se desmayó, no podríamos interrogarle.
Quedaba otro cretino, que empezó a correr. Disparé a su pierna y luego le di en un hombro. Como los anteriores, se desplomó sobre el barro de la calle. En serio, estos tipos apenas tenían aguante. Caminé hasta uno de ellos y le di unos golpecitos con la punta del pie. También inconsciente. Luego me miré la camisa y el ligero corte.
- Angus acababa de arreglarla - me quejé - Es una de mis camisas favoritas - les dirigí una mirada de odio que se volvió evaluativa. - Por otra parte... - me agaché y toqué una de sus casacas, la tela era buena - umm, si, creo que podrá arreglarme una de estas.
Me acerqué con total tranquilidad al chaval jovencito que estaba mirando Pablo. Si, definitivamente debíamos tener una talla parecida. Con total tranquilidad me agaché para quitarle la casaca y luego me la probé.
- Habrá que lavarla y ajustarla un poco, pero compensa la chaqueta y la camisa que me han roto - sonreí - ¡Perfecto! Bueno, creo que podemos irnos. ¿quienes se supone que son? Creo que deberían pagarnos un baño y, por lo menos, un par de botellas de whisky. Por principios.
Pablo: Miré los cuerpos en el suelo. El hombro me dolía bastante. Limpié la sangre de la espada en la casaca del más cercano y envainé. Me puse la mano en la herida e intenté mover el brazo en círculos. Me dolía bastante, pero se movía. No parecía demasiado grave.
- Rapiñar los cuerpos de los caídos es bastante feo, Erin. - Solté un gruñido, al mover el hombro hacia arriba me dolía. - El baño y el whisky te los debo yo. Gracias por la ayuda. ¿Estás bien?
La miré más de cerca. Estaba manchada de sangre, pero no parecía suya. Aunque con la escasa luz del callejón era difícil verlo. Cogí su antebrazo en un gesto de confianza. Me di cuenta que después de toda una tarde juntos, era la primera vez que la tocaba. Sonreí y la solté.
- Venga, vayamos a la posada y te contaré toda la historia junto a un vaso de vino. Bueno, o de whisky.
Eché a andar hacia el final del callejón, pasé junto al cuerpo inconsciente del que me había disparado y le di una patada. Escuché un débil gemido, pero no me paré a vengarme. Golpear a un hombre indefenso no era mi estilo.
Erin: Le miré como si fuera de otro planeta. ¿Qué sentido tenía desperdiciar una buena chaqueta? Bueno, no importa, ahora era mia. Luego me estiré muy seria para responder.
- No les estoy rapiñando, nos lo deben por haber estropeado nuestras ropas. Si aún hablaramos de una honesta pelea de taberna... ¿Pero quién pagará el médico? - me acerqué a él para estudiar su herida en la oscuridad. ¿Os duele mucho?
Me limpié las manos en los bordes de la chaqueta y luego busqué en el bolsillo de mi propia chaqueta un pañuelo limpio. Lo apreté contra su hombro. Iba a necesitar el whisky aunque fuera para desinfectar, si es que no para soportar el matasanos. Mientras lo hacía le miré con cierta curiosidad.
- Lo mio es sólo un rasguño, los he tenido peores peleando por el último pedazo de carne con mis hermanos. - me reí un poco - ¿En serio vais a pagarme un baño? ¿Uno de esos calientes con jabones y perfumes? - me reí un poco más - No tengo uno de esos desde la última vez que visité a mi prima. - até el pañuelo lo mejor que supe - Aceptaré vuestra invitación, pero sigo diciendo que son ellos los que deberían compensarnos por las molestias.
Y la chaqueta pensaba quedarmela, por supuesto que si.
Pablo: Agradecí las atenciones de Erin. Parecía una muchacha sencilla, sincera y algo broncas. Pero con todo eso y a pesar de ser avalonesa, tenía buen fondo. Había tenido suerte de dar con ella.
- No te preocupes, he tenido heridas mucho peores. Creo que no te lo había dicho, pero pertenezco al gremio de espadachines. - Toqué instintivamente la empuñadura de mi arma. - Así que estoy habituado. - Le dediqué una sonrisa. - Bueno, si no llegas a estar aquí, a lo mejor estaría mucho peor. Creo que te debo como poco un baño y una botella del líquido ese asqueroso que bebéis aquí.
Me reí un poco para que se notase que el comentario no pretendía ser ofensivo. La herida me dolió un poco, pero no importó. Me sujeté el pañuelo que me había puesto la muchacha. No había demasiada sangre, con suerte no tendría que pasar por las manos de un médico.
- No nos demoremos. Esta gente tiene muchos amigos, y no se darán por vencido. Hemos tenido suerte esta vez. Y no te preocupes por el dinero, no es un problema cuando viajas junto a Don Pablo Aldana de Montoya. - Sonreí y me di la vuelta, echando a caminar con aquella fanfarronada que pretendía acabar con el ambiente serio de la situación.
Erin: No entendía por qué aquella insistencia en pagar él las cosas, no me había atacado después de todo. Pese a ello me encogí de hombros y luego me ajusté mi nueva chaqueta. Era de cuero y bastante calentita. Me iba ligeramente grande, pero estaba segura que Angus lo arreglaría.
Y mientras miraba cómo me quedaba la chaqueta me di cuenta de que había algo en los bolsillos. Más que nada porque abultaba y se me estaba clavando en las costillas. Abrí la chaqueta y saqué una cruz de madera, un rosario y una carta con un sello roto y que no entendía porque estaba en otro idioma. Le tendí aquellas cosas a Pablo, total, sólo quería la chaqueta.
- No es por el dinero, son principios. No deberían habernos atacado. Que menos que nos compensen. Pero acepto tu invitación. Estos tipos estaban pelados. - Arrugué la nariz, tendría que haberme llevado también sus botas, lo mismo le servían a Angus.
Pablo: Cogí las cosas que me daba Erin. Me guardé la cruz y el rosario con cuidado y miré la carta. En ella se hablaba de mi y de Erin e insinuaba que no debíamos salir de Wanderbrow. Era extraño, había asumido que serían hombres del inquisidor, pero ahora no estaba tan seguro. La doblé y la guardé, pensativo. Durante un rato dudé si contarle a Erin algo, pero pensé que aquello la superaba y que era mejor mantenerla alejada del tema, sobre todo si al final era cosa de Diego. ¿Quizá acumulaba odio por la paliza que le propiné la última vez y ya no estaba interesado en detenerme? Todo aquello olía raro.
- Pues tienes unos curiosos principios. Los míos son respetar al enemigo, antes, durante y tras el combate. Esos hombres han arriesgado sus vidas. Y alguno seguro que la ha perdido. - Estaba convencido de que al menos dos habían muerto seguro y a otros dos no les debían de quedar más de unas horas. - Eso es un acto noble. Lo han hecho de cara y con valentía. ¿Por qué habría que mancillar sus cadáveres?
Me di cuenta del sermón que estaba lanzando. Me arrepentí. No era el momento para peroratas moralistas. Acabábamos de deshacernos de una emboscada y había que regarlo adecuadamente. Habíamos caminado deprisa y ya estábamos frente a Gina’s. Miré a Erin.
- Es tarde, ¿prefieres que pague mi deuda ahora o mañana? El baño no te lo puedo asegurar, pero el whisky sí que podremos beberlo ahora si quieres.
Erin: Meneé la cabeza mientras hablaba. Nos habían emboscado en un callejón y eran bastantes más de dos, lo que les daba la superioridad numerica. Que fueran unos flojos no cambiaba nada de eso.
- Lo de que iban de frente es algo muy discutible. - me encojí de hombros - Sin contar con que quitando mi arco no voy armada y no pareció importarles usar sus espadas conmigo. - luego pensé sobre su oferta - La noche es joven, ya decidiremos.
Abrí la puerta de la posada para encontrarme con la mirada reprobadora de una mujer rubia, algo entrada en carnes y con aspecto de haber chupado un limon. Parecía que no le gustaba que estuviese goteando sobre el suelo de madera. O que tuviera manchas de barro. Esbocé mi mejor sonrisa de inocencia.
- Llueve muchísimo. - Pablo entró detrás mío y su expresión cambió por completo a una solícita - Tuve que contenerme para no poder los ojos en blanco. Pablo era atractivo y tenía ese aire peligroso que podía llevar a perder la cabeza. Aquella mujer no era inmune.
- Mi señor don Pablo, os he preparado ya vuestra habitación. ¿queréis un baño? Despediré a esa mujer para que podáis descansar como es debido.
Carraspeé un poco, a un lado de los dos.
- Tal vez debería marcharme. No quisiera importunar - dije con un ligero tono burlón.
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