
No más Drama (Primera parte)
Me agaché para recoger el libreto y aproveché para guardarme también el zapato, de algún modo estaba segura de que le encontraría utilidad en un futuro. Luego tuve que salir corriendo, porque la histérica venía detrás mio, manchándose las medias de barro y vociferando como una loca en lo que me pareció castellano o montaignés. Va, lo que fuera, a mi ya me habían pagado. El caso es que no estaba realmente mirando hacia dónde corría cuando me choqué con un hombre nada más doblar la esquina. Estuve a punto de caerme, pero conseguí apoyarme en la pared justo a tiempo. Le miré por un momento, con mi suerte sería uno de los admiradores de la loca. ¿Por qué se quejaba del libreto cuando tenía admiradores tan atractivos?
- Umm, lo siento - le coloqué un poco la ropa tras el choque - Me quedaría pero tengo prisa. Y no, no pienso reescribir la obra - dije como una declaración de intenciones. - , no envidio al director.
Miré hacia atrás, la reina del drama venía saltando sobre el pie con el zapato. Todo sea dicho, en aquel momento tenía un aspecto bastante ridículo y no pude evitar reirme. Entonces fué cuando nos tiró una lechuga de un puesto de verdura. La lechuga rebotó en el pecho del hombre mientras me situaba estratégicamente detrás suyo.
- Creo que tampoco le gustaron las flores - asomé la cabeza desde detrás del hombre, parecía que la "prima donna" hubiera sido verdulera en otra vida y empezaba a llenarse las manos de hortalizas. - Será mejor que corramos, esta loca. Si llego a saber que las actrices son así me habría limitado a la poesía y la prosa. - dije mientras empezaba a correr tirando del hombre para mantener la cobertura.
Pablo: El choque fue algo brusco. Vaya, pelirroja. Tiene su punto. Y además con modales, ya era hora. Una pena que fuese avalonesa. El acento era extraño, pero no lo reconocí. Puse mi sonrisa de galán, que fue enturbiada por un lechugazo.
- ¿Flores? ¿Pero qué...?
No pude terminar la frase, la chica me cogió y tiró de mi. Y no sería yo el que dijese que no a ser salvado por una damisela en apuros, irónicamente. Además la mujer que la perseguía no tenía cara de buenos amigos, y no iba a quedarme para comprobarlo.
Echamos a correr por unas cuantas calles. Nuestra perseguidora dejó de hacerlo al poco, pero nosotros seguimos corriendo. En algún momento aquello se convirtió en una competición. Recorrimos callejones estrechos, nos abrimos paso entre multitudes en calles concurridas, incluso trepamos a una casa y durante un rato saltamos de tejado en tejado. La muchacha no jugaba demasiado limpio, pero resultaba divertido. En todo momento me preocupé de no adelantarla, tenía un culo bonito. Y seguro que le gustaba ganar. La carrera duró bastante, y acabó en una pequeña callejuela sin salida. Los dos, sin aliento, nos miramos. Sonreí. Cuando recuperé el resuello, me dirigí a la curiosa desconocida.
- Don Pablo Aldana de Montoya, para serviros. - Hice una fingida reverencia. - La próxima vez elegiré mejor las rosas. Las manchas de lechuga son difíciles de quitar. - Solté una carcajada. - ¿Puedo preguntar quién era esa mujer y por qué os perseguía?
Apoyé la espalda contra la pared y crucé los brazos, estaba cansado, pero tampoco quería demostrarlo con una postura más cómoda. La analicé, mirándola de arriba a abajo. Había tenido suerte.
Erin: La persecución por las callejuelas, tejados y patios traseros había sido, tal vez, ligeramente exagerada. Pero cuando se tienen tantas primas como yo se sabe que es mejor no confiarse, las reinas del drama tenían unas energías desproporcionadas para perseguirte, gritar y tirarte cosas. Pese a todo no pude evitar reírme cuando finalmente paré en el callejón trasero de la alegre casa de la señora Flowers antes de rebuscar en mis ropas y sacar una botella de whisky. Le di un trago y le ofrecí al hombre, con esa naturalidad de quien acaba de compartir una huida.
- Erin Morgan O'Neil de los O'Neil de Killbane. - Tenía pinta de noble así que recordé innumerables y tediosas lecciones de etiqueta justo a tiempo de no escupir en la palma de la mano. En su lugar realicé una graciosa reverencia que habría hecho que mi madre se sintiese orgullosa. Una de las que hacía cuando me acusaba de ser poco femenina. Pie detrás, leve flexión de rodillas, espalda recta y todo lo demás. - No os preocupéis por las manchas, seguro que la señora Flowers puede con ellas, le he visto sacar manchas peores de las sábanas.
Naturalmente no especifiqué de qué eran las manchas, habría sido poco discreto. Y si, la alegre casa de la señora Flowers no era precisamente un sitio de buena reputación pero en mis viajes había aprendido a no ser tan quisquillosa con un sitio donde me ofrecen dos habitaciones sólo a cambio de que les lea las cartas y les escriba respuestas. En realidad y si se ponía en perspectiva, la clientela de aquella casa de huéspedes era bastante interesante. Sonreí por un momento y consideré la pregunta.
- Era una actriz, Belle de la Coeur, lo repetía mucho. Una y otra vez. A decir verdad tenía la costumbre de hablar de sí misma en tercera persona, vete a saber porqué. - me encogí de hombros y recuperé mi botella de whisky para darle un trago - Por lo que parece su personaje de la obra no tiene... - busqué la palabra - el protagonismo que le gustaría. - solté la risa que había estado conteniendo - Eso y no sé cuantas más protestas sobre que quería cambios de vestuario porque el que hay no la favorece y vete a saber que más, no prestaba demasiada atención. Ya le dije que si recortaba más tela podrían confundirla con una Jenny, pero no me hacía caso. Voy a tener que darle la razón a Bridget, las actrices son como Jennys, pero con peor gusto. - solté otra risa y meneé la cabeza - Mejor que siga con las cartas, los poemas y mi novela inconclusa. - di otro trago de whisky y le tendí la botella.
Pablo: Acepté la botella de whisky agradecido. Le di un sorbo y paladeé aquel brebaje extranjero. Nunca me acostumbraría aquel sabor fuerte a madera. ¿Quién demonios había pensado que la madera sabía bien? Pero era difícil encontrar buen vino en aquella tierra. Fuera como fuese, le devolví la botella con una sonrisa.
- No tengo el placer de conocer a la tal señora Flowers. - Me miré la mancha de la camisa, como con desinterés. - Pero no pasa nada, ya iba siendo hora de comprar una nueva. - La sacudí un poco con la mano. - Me suena un poco la actriz, pero creo que nunca la he visto actuar. ¿Creéis que se acordará de mi cara? - La chica parecía de buenos modales, así que decidí tratarla igual. - Estaría bien tener la oportunidad. - Sonreí de medio lado.
Me despegué del muro. Apoyé una mano en la espada y la otra en la cintura, en actitud reflexiva. Miré al cielo, el sol empezaba a caer.
- Quizá debería buscar una camisa nueva. - Cambié la postura a una más relajada. - Porque no creo que la señorita de la Coeur tenga a bien compensarme por la mancha. - Tuve que reírme ante la idea de ir a reclamar a aquella mujer. - ¿Dónde podría encontrar un buen sastre por aquí?
Erin: Con seis hermanos mayores, la idea de tirar una camisa sólo por una miserable mancha se me hacía absurda, un completo desperdicio de una buena tela. Pero por suerte para mi, tenía un criado que sabría sacar partido de esta situación y, quien sabe, tal vez podría adaptarla a mi talla. Sonreí ampliamente.
- Mi criado es un sastre, seguro que algo puede apañar, pero tendríais que proporcionarle vos la tela. ¿En serio no queréis esa camisa? La tela no parece desgastada ni rota. - Me acerqué para tocar la tela y evaluarla - Aguantaría bien el lavado. - dije pensativa.
Luego le cogí del brazo y le hice darse la vuelta en dirección a la puerta trasera de la alegre casa de la señora Flowers, casa de huéspedes económica donde las hubiera. Luego medité sobre lo que había dicho. No tenía muy claro si aquella actriz se transformaría realmente en el escenario de forma que mereciera la pena verla actuar, pero a fin de cuentas no era asunto mio.
- No sabría responder, yo me acordaría - comenté con media sonrisa - Pero ella parece más interesada en su reflejo que en sus admiradores - me reí con suavidad - De todos modos puede que la obra no llegue a estrenarse o que ella se marche antes. En cualquier caso no pienso cambiar el libreto. - esbocé una sonrisa burlona y llamé a la puerta de la pensión.
La ilustre señora Flowers, una matrona retirada me abrió la puerta. Era una de aquellas abuelas avalonesas que pensaban que la salud equivalía a lo que pesabas y ella era muy sana. Me sonrió al verme y me hizo un gesto con el cucharón.
- ¿Ahora le traes clientes a Bridget? -
Miré por un segundo a Pablo con actitud meditativa, la verdad era que ni lo había pensado. De todos modos no veníamos por eso.
- Necesita que laven su camisa y otra nueva. Angus puede coserle algo, pero no tenemos telas... creo - la verdad era que no tenía ni la más remota idea de lo que acarreaba Angus en su fardo, de todos modos sabía que le haría ilusión coser para alguien con buena percha como Pablo. - Supongo que si quiere entretenerse con Bridget mientras espera es cosa suya.
La señora Flowers hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
- Jodie Flowers - dijo a modo de presentación - Esperad en la sala, pronto estará la cena. Y tienes trabajo, han llegado dos cartas para Bridget y quiero escribir a mi prima.
Me reí un poco y miré a Pablo.
- ¿Vamos? - pregunté con calma.
Pablo: No me costó demasiado darme cuenta de en qué clase de lugar me había metido Erin. Comprendí de dónde venían sus buenos modales. Seguramente se encargase de los tipos de buena cuna. ¿Sería esta su forma habitual de cazar clientes? En cualquier caso, era original y divertida. ¿Lo del sastre sería alguna clase de juego? ¿O pretendería robarme la camisa? Descarté aquella idea, robar mi camisa sería bastante absurdo. Pero instintivamente eché mano a la bolsa.
Saludé con un gesto de la cabeza al mujerón plantado en la puerta.
- Don Pablo. - Tampoco era plan de dar más datos ahora que sabía en qué ambiente me encontraba.
Seguí a la pelirroja adentro de la casa. Aquel parecía un lugar humilde. Me sorprendió que tratasen a clientes de mi alcurnia. Pero estaba dispuesto a dejarme sorprender. Espera, ¿habían comentado algo de una tal Bridget? Entonces quizá Erin no fuese la que se llevase a los clientes a la cama, sólo hasta el burdel. O quizá Bridget era más digna de mí.
- ¿Bridget? - Sonreí. - Yo que tenía ya mis esperanzas puestas en ti... - Me encogí de hombros, divertido. - Sobre lo de tu sastre, si iba en serio, no tengo ninguna clase de tela a mano. - Suspiré. - Quizá debería aceptar que me la lavasen e ir mañana a comprar una nueva.
Bajé el brazo y lo puse a la altura de la bolsa.
- Por cierto, había formas más normales de traerme hasta aquí si lo que buscabas eran clientes. Aunque he de reconocer que ha sido interesante. - Carraspeé, intentando recuperar algo de seriedad. - De todas formas puede que no esté interesado en esa tal Bridget. Tengo asuntos importantes que solucionar, y no tengo claro que sea el sitio más adecuado para cenar. - Me di cuenta de lo que acababa de decir. - Quiero decir, soy castellano y tengo un paladar un tanto peculiar, la comida avalonesa no termina de convencerme.
Erin: Casi me atraganto cuando dijo lo de que tenía sus esperanzas puestas en mi. Me costó todo un esfuerzo de voluntad no escupir el whisky que estaba bebiendo y después me puse roja. Vale que la gente tendía a hacer suposiciones, pero esta me había dejado descolocada.
- ¡¿Cómo?! - Intenté recuperar la compostura y dejé la botella a un lado. Luego le miré intentando ordenar las ideas - ¡No! No me dedico a eso. ¿qué te ha hecho pensar...? - empecé a decir en un tono que claramente indicaba ¿estamos locos? - ¡Claro que no!
Coloqué mi ropa y estiré la espalda en una postura digna, que no tuviera dinero no implicaba que no supiera cómo debía comportarme, naturalmente que si. Miré a mi alrededor, el salón estaba vacío con excepción de Ernest, que nunca se perdía una cena aunque cada vez le quedasen menos dientes y de Clarisse, que tejía junto al fuego.
- Sólo Bridget recibe visitas. Bueno, ese tipo de visitas. Yo escribo y, de vez en cuando, canto en alguna taberna o cuento historias. Lo saben todos - dije indicando a nuestros dos únicos testigos. - Esto - continué indicando el salón de la casa - Es una casa de huéspedes. La señora Flowers nos aloja en su casa, nos prepara la comida, lava la ropa y limpia a cambio de algo de dinero.
- Quiere que escribas una carta a su prima - interrumpió Clarisse arruinando la pretensión de que no estaba escuchando la conversación ajena.
- Bueno si, en mi caso de que lea y escriba cartas para ellos y sus amigos. - Volví a colocarme innecesariamente la ropa, ya recuperada la compostura - Lo de mi criado era literal, pensé que era lo mínimo que podía hacer por alguien que sufre las iras injustificadas de esa actriz demente - hice un gesto de desagrado que arrancó las risas de Ernest y de Clarisse - Angus sabe coser bastante bien y puede ir a por las telas si se le pide, pero tendrías que adelantar su coste. Como dije, la señora Flowers puede lavar la camisa. - luego levanté un dedo - Y si fuera tu no despreciaría su comida, que sea humilde no significa que sea mala.
Después puse las manos en las caderas y me encaré con él, aunque fuera más baja no iba a intimidarme. ¡Faltaría más!
- ¡Nadie te pidió que me siguieras hasta aquí! Si no estás cómodo eres libre de marcharte. Y que te interese Bridget o no, es algo que deberíais tratar con ella si os place, pero es une buena chica. con un montón de admiradores - dije agitando las dos cartas que había para ella y que, sin duda, tendría que leer durante la cena. En el fondo eran parte del entretenimiento de la casa - No seré quien os impida ocuparos de vuestros asuntos o de vuestro delicado paladar castellano - concluí estirándome aún más y cruzando los brazos por debajo de mi pecho, con la barbilla bien alta.
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