sábado

Erin Morgan O'Neil

Corría por el bosque. Apenas podía ver en la densa oscuridad de la noche. Las ramas me golpeaban y en más de una ocasión tropecé con alguna raíz que no había visto, pero los ladridos sonaban cada vez más débiles. Tenía que llegar a tiempo, tenía que ayudar a aquel perro.

Todo estaba sucediendo como en mi sueño lo que, para ser sinceros, me sorprendía hasta a mí. Los ladridos del cachorro eran cada vez más lastimosos y cuando vi lo que había sucedido me quedé paralizada. Resultaba angustioso ver la trampa para osos cerrada sobre su pata. Prácticamente parecía que se la hubiera 
partido y podía ver la sangre empapando su pelaje blanco.


El que hacía un cachorro de mastín castellano blanco en mitad del bosque era una pregunta que dejaría para cuando le hubiera librado de aquel cepo. Pero la tarea iba a resultar más complicada de lo que había pensado cuando tuve aquel sueño.
Estudié aquel cepo descomunal, con sus dientes hundidos en la pata. Era demasiado grande para poder abrirlo simplemente usando la fuerza y no es que la fuerza fuera algo que me caracterizase precisamente. Era frustrante ver sufrir al animal y sentirse tan impotente. En aquel momento pensé que los temas prácticos no deberían intervenir en los sueños proféticos.

Pero así era, así que me obligué a prestar atención. Necesitaba un palo que me sirviera de palanca y que resistiera antes de partirse. Y necesitaba buscar el mejor modo de introducir el palo sin que le hiciera daño al cachorro. Una parte de mi decía que lo más simple sería simplemente cortarle la pata, pero me resistía a hacerlo. No quería rendirme de ese modo y que aquel precioso mastín pagara por ello con una cojera de por vida. ¿Y quién diablos habrá puesto allí esa trampa para osos? Estaba oxidada, estaba claro no pasaban muy a menudo a revisarla.

Y como respondiendo a mi pregunta, unos aullidos de lobos me dejaron claro que cualquier intento de ir a buscar ayuda acabaría con el perro muerto. Aunque sólo la sangre que estaba perdiendo ya bastarían para eso.

Me obligué a concentrarme. El cepo estaba encajado entre dos piedras que impedían que se pudiera usar correctamente el mecanismo de presión que permitía aflojar los muelles. Pensé en intentar romperlos, pero iba a resultar imposible. Al final me rendí a la evidencia, necesitaba una rama y mover al pobre cachorro.
Como pude y casi a tientas, busque una rama razonablemente gruesa y resistente. Cuando la tuve regresé a toda prisa con el cachorro. Pidiendo perdón por anticipado (en las historias hay perros que hablan, así que bien podría entender mis palabras), cogí una camisa vieja y la rasgué. Le puse en la boca varias tiras para evitar que me mordiera. Luego vendé la pierna con el resto.

Cogí aire ahora venía lo más difícil. Los lobos se mantenían a distancia, no sabía si porque no nos habían detectado o por mi presencia, pero seguía siendo consciente de ellos. Con todo el cuidado que pude intenté mover el cepo hasta un terreno llano y más o menos despejado. Me costó tres intentos en los que la pata del cachorro había sufrido aún más. Estaba preocupada y mi frustración era cada vez mayor.
Cuando por fin conseguí mover el cepo, fui a por las rocas entre las que había estado colocado. Con el peso de ellas más el mío, conseguí aplicar presión en la base. Luego usé toda la fuerza y voluntad que me quedaba para hacer palanca con la rama.

La pata estaba completamente destrozada y por más que me esforcé en limpiar su herida (con el último whisky que me quedaba, nada menos) y vendarla de nuevo, no tenía esperanzas de que pudiera conservarla. Se me saltaron las lágrimas, todo mi esfuerzo parecía en vano.

Sabía que, llegado el caso, tendría que cortarle yo misma la pata y cauterizarle el muñón. Pero incluso sabiendo que había fracasado me resistía a rendirme. Si el cachorro iba a perder la pata, no sería porque no hiciera todo lo que estaba a mi alcance. Con todo el cuidado que pude cogí al cachorro en brazos y comencé a andar. No descansaría hasta llegar a un pueblo o lugar donde pudieran ayudarle.

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