Taberna en el puerto de Arisent; Montaigne
- Lo que necesitamos es un maldito baño caliente –me quejé. Aunque, más que una queja, aquello parecía un gruñido. Uno entre dientes, de esos que salen de alma.
La vida se había puesto difícil desde que habíamos llegado a Montaigne. Aquel cerdo mal nacido, el tal Jean Luc, nos había puesto de patitas en la calle sin un mísero doblón con el que pasar la noche en otro lado, o comer, o lo que fuera. Yo no sabía qué entendían los avaloneses por “amigo” pero, sin duda, aquel no podía considerarse cómo tal. Y, como no parecía muy cercano al misterioso padre perdido de Joanna, había pensado mil formas de torturarlo y matarlo por tal ofensa. Algo así como meterle la aguja de un broche en el ojo, o hacer honor a mi querida señorita Dañino y hacer uso del palo por el culo. Ahí le aproveche.
Pero no. Había decidido contenerme como buena señorita que soy y, tras merodear por el pueblo un largo rato, Joanna y yo nos habíamos metido en un antro de mala muerte para desayunar. Bueno, desayunar; en teoría teníamos que hacer eso, pero al parecer en ese maldito país la gente no sabía lo que era un desayuno en condiciones. Aquello me frustraba; ¿acaso estaba rodeada de inútiles? Inútiles que, por cierto, podían considerarse todos herejes y blasfemos. No, no: herejes, blasfemos y usurpadores. Y guarros también.
Joanna podría haberme proporcionado algo de diversión que consiguiera alejar las penurias de mi mente, pero en lugar de eso se había quedado mirando fijamente su bebida tras hacer alarde de sus exquisitos modales. Bueno, eso después de desmayarse para conseguir algo que llevar a la boca. Si seguía así, cualquiera se daría cuenta de que era de buena familia y terminaríamos las dos atracadas o incluso secuestradas. Y bien sabe Dios que yo, en aquellos momentos, no iba a poder aguantar a dos montaigneses rateros intentando ganar una fortuna a mi costa. Pero, en vez de eso, hizo acopio de valor y bebió. Yo dibujé una mueca de asco. Después dijo que lo que necesitábamos era un barco mercante y yo le solté eso del baño caliente.
- Mira, tengo un plan –cogí la jarra con una sola mano, como si ya estuviera acostumbrada, pero estuvo a punto de caerse, así que la sujeté con las dos manos-. Vamos al puerto, nos ofrecemos como damas de espectáculo y, además de llevarnos, nos pagan. Y sino, pues lo que podemos hacer es… -me llevé la jarra a los labios y bebí. Cuando me di cuenta de que podía morir por aquello era demasiado tarde- ¡Pero qué…! –escupí la cerveza y me quedé mirando la jarra como si todavía no pudiera creérmelo.
Me levanté de un salto y, tras echarle un vistazo al local y dar con el tabernero, cogí aquella… aquella… cosa, por llamarlo de alguna manera, y fui hacia él.
- ¿A esto le llama usted un desayuno en condiciones, monsieur? –espeté. Puse la jarra sobre una mesa cercana con fuerza. Más bien la golpeé con ella, haciendo que se derramara- ¿¡Lo hace!? –me indigné- Porque yo creo que no lo es, buen señor; no lo creo en absoluto –le dediqué un semblante duro y me giré- Putos cerdos montaigneses –solté, ya casi a la altura de la mesa donde habíamos pasado el rato Joanna y yo-. Vámonos, Joanna; en estos sitios no entra ni la hospitalidad ni Dios.
Puse cara de indignada, me llevé una mano al corazón y negué con la cabeza. Quizá nos hubieran invitado a aquello, pero me sentía completamente estafada. Siempre lo exageraba todo; qué le iba a hacer.

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