Siguiendo las indicaciones del mercader grosero llamado Fritz (que ahora mismo estaría muy ocupado recogiendo sus intestinos como para ser grosero con nadie), Pablo se dirigió a Arisent, el pequeño pueblo famoso por su mercadeo con pieles de animales. Desde lejos pudo ver las densas humaredas de los talleres de curtido y tintura de cuero que vertían desechos rojizos pestilentes sobre las aguas del río del comercio. Montaigne era una tierra asquerosa, pensó mientras se tapaba la cara con el embozo de la capa.
- ¿Lo huele amigo?- le preguntó Paco, el mercader que conducía el carro- ¡Es el olor del dinero! Ah si, este país esta podrído hasta la médula. No me extraña que haya tantos perfumeros, panda de degenerados...
El mercader siguio despotricando del país hasta llegar a las puertas dobles de la muralla antigua de la ciudad. Parecía que habían fortificado el pueblo con una muralla simple de piedra en la era anterior a los cañones. Tampoco había matacanes ni ladroneras así que también era anterior a la época de los mosquetes y las ballestas. Panda de retrogrados. ¿Y aquella gente había mancillado su tierra? Theus estaba poniendo a prueba la fe de los castellanos en bloque.
Se bajó despidiendose de Paco, quien no quiso saber nada de aceptar dinero por ayudar a un paisano, en la entrada del pueblo. Estaba construido con una pendiente que descendía hasta el muelle y el barrio de los talleres de curtido aprovechando un meandro profundo del río que proporcionaba el calado suficiente a las barcazas de pieles y cueros para descargar sus mercancías. El resto del pueblo consistía en algunas casas construidas lo más lejos del hedor posible, un pequeño cuartel del ejercito y unos alamcenes y una iglesia (incomprensiblemente) abandonada.
Habría unos pocos centenares de personas en aquel pueblucho de mala muerte. Pablo se sentía con suerte esta vez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario