miércoles
Prologo: Perseguir al conejo blanco
Hacía una semana que Pablo había encontrado la escuela con su ruinosa ala derecha completamente calcinada. Había tratado de seguir el rastro de las chicas por el bosque, pero las había perdido en el río. Había maldecido la imprudencia de su hermana y, por un generoso puñado de monedas, había conseguido que un carguero de madera le llevara a la desembocadura del río.
Por las cartas de Lola sabía que era amiga de una avalonesa, y cómo estaba enfadada con sus padres, supuso que se dirigiría hacia la pérfida isla. Maldijo otra vez, si no fuera por el inquisidor Diego Hidalgo Cereceda, en opinión de Pablo un hijo de mil padres reprimido sin nada mejor que hacer con su tiempo que incordiar a alguien decente y bienintencionado cómo él.
En Bouche había tratado de encontrar el rastro de su hermana preguntando en el puerto, pero lo único que había conseguido habían sido negativas y burlas hasta que se encontró con un mercader eiseno llamado Fritz que parecía muy enfadado con su hermana. Le contó que Lola y otra chica le habían engañado y robado, cosa que Pablo no creyó, y que habian tratado de abusar de su hospitalidad, cosa que Pablo aun creyó menos. Después del correspondiente duelo y de limpiar las manchas de sangre, Pablo estaba listo para encontrar a Lola, pero cuando estaba a punto de salir de Le Paillasse Heureux, la pequeña posada dónde había pasado la noche vio como bajaba de su barco el inquisidor Diego de las narices.
Tenía que pensar algo YA. Sabía que Lola estaría en Deluchard, un pueblecito cercano, por poco tiempo. Seguro que iría pronto a Avalon. No tenía tiempo para esto. ¡Maldición! ¡Maldición!
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