viernes

Pablo Aldana Montoya del Castillo

Noté el barro bajo sus pies. El carretero tenía razón, aquel sitio apestaba. Montaigne estaba enferma, la putrefacción de su alma hedía a kilómetros, en cada acción del Emperadeur y sus corruptos aristócratas se notaba que habían abandonado el camino del Creador. Pero Legión les había dado fuerzas, les había dado la capacidad para someter Castilla, aunque no por mucho. Las tierras de los Montoya volverían a sus legítimas manos.

El codazo desconsiderado de un mercader que se hacía hueco para llegar al pueblo me sacó de mis sueños de reconquista. Ahora tenía que buscar a mi hermana y el tiempo corría en mi contra. Lo primero que hice fue dirigirme a la iglesia. Me paré ante sus puertas, sencillamente para observarla. Era un grito mudo señalando lo que sucedía en aquel país. Los brujos del Porté habían llevado la desgracia hasta a aquel pueblecillo. Me recreé en aquél pórtico unos segundos más antes de proseguir mi camino.

Lo poco que sabía de mi hermana me indicaba que se dirigía a Avalon, y sólo podía llegar allí por barco. Así que sin dudarlo fui al muelle y empecé a preguntar por Lola. Sería difícil que nadie se hubiese fijado en una mujer como mi hermana. Sólo esperaba no tener que mancharme las manos de nuevo para limpiar el honor de aquella mujercita, que en ocasiones era demasiado impulsiva. Aunque claro, aquel era parte de su encanto. No pude evitar sonreír mientras recordaba la niña que había sido, siempre metida en problemas, intentando que padre y madre le prestaran atención. Pero nuestros padres siempre estuvieron demasiado ocupados. Ahora descansan para siempre.

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