jueves

Joanna Enid Jhones


[Taberna en el puerto de Arisent, Montaigne]

A pesar de estar ya bien entrada la mañana, aquella taberna de marineros con olor a salitre y tabaco mojado aún albergaba parroquianos de la noche anterior. 

Algunos dormitaban aparentemente amodorrados sobre un taburete, apoyados silenciosos sobre la barra y otros, intercambiaban palabras en una tosca voz baja frente a la misma botella de ron vacía mientras el tabernero, un hombre ya entrado a la par en años como en carnes, protegido bajo una gruesa capa de mugre y sudor cuidadosamente acumulados durante años de duro trabajo, vigilaba sin ningún disimulo mientras sacaba brillo a una oportuna jarra de cerveza. Y es que, como la inevitabilidad de la ley de la inercia y la potencia, siempre que alguna conversación interesante comienza a rezumar entre la atmósfera alcoholizada de cualquier taberna, en alguna parte del agujero negro que podría considerarse la pila, una jarra de cerveza con la necesidad imperiosa de ser frotarda bien a fondo, se materializa de forma espontanea.

Y ahí estaba yo, sentada en la apartada mesita que Lola había escogido, entre el humo de pipa y la violenta y hostil tensión atmosferica de la, muy apropiadamente oscura, taberna.

 Me alisé la falda cuidadosa y casi inconscientemente. Por alguna razón, era en lugares como aquel donde la necesidad de sentarme lo más recta posible, decir gracias y beber sin hacer ruido se convertía en una compulsión inevitable.

Observé la pinta que aun permanecía frente a mí, desafiante: 

Dos yemas de huevo, una cantidad ingente de azucar y cerveza hasta rebosar. Tragué saliva. La abuela Cece siempre había dicho que el desvanecimiento de una señorita podría considerarse un arte imprescindible en el ajuar de toda dama que se precie.

 Volví a mirar la jarra... Aun no había decidido si debía sentirme culpable o no, pero, podía imaginar la expresión de la abuela si hubiera visto mi actuación aquella mañana, hinchada de ese aspero orgullo que le helaba a uno la sangre.

Volví a  alisarme la falda lo cierto era que, despues de todo, una chica tenía que desayunar...

Miré a Lola, ella siempre parecía sentirse mucho más cómoda que yo en estas situaciones, en ese aspecto, me recordaba un poco a la prima Erin

Sacudí la cabeza, Joanna, tienes que centrarte....

Cogí aire, agarré la jarra con ambas manos y, con una delicadeza descorcentante, la vacié de un trago. 

Argamasa, era como darle un trago a un vaso de argamasa ligeramente edulcorado y carbonatado. De no haber estado donde estaba habría vomitado y me habría puesto a llorar como hacían las chicas de la sñorita Dañino cada noche. Pero... había que mantener unos mínimos.

Carraspeé llevandome a los labios un pañuelo con toda la gracia de la que fuí capaz en ese momento y tras ello, como si no hubiera pasado absolutamente nada (mentira cochina!) me incliné ligeramente sobre la mesa.

- Lo que necesitamos, es un barco mercante - susurré tratando de olvidar el insalubre cemento que comenzaba a aposentarse felizmente en mi estomago, para centrarme en lo que realmente importaba. 
Tenía que llegar hasta ese Piotr Kovich, y si para ello tenía que esconderme en un barril de encurtidos durante una semana, lo haría. Después de todo, no podía ser peor que las tinas para la colada del Colegio Correccional para señoritas Incorregibles de la Sta. Mercromina Dañino...

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