
En algún punto indeterminado del bosque
Iba tanteando el camino con un palo, lo último que quería era encontrar otra trampa para osos oxidada. Había aprendido hacía mucho tiempo que no podías depender de otros para que te salvasen… o para que hicieran nada por ti. A menudo me preguntaba por qué todo el mundo omitía contarles esa lección tan sencilla a las chicas. Incluso parecían tomárselo a mal si conseguías salir tu sola del lío en el que te habías metido. Era como una especie de afrenta.
Joanna había intentado explicármelo, claro. Mientras caminaba todo los rápido que podía en la oscuridad, evitando raíces, piedras y torcerme un tobillo, recordé cómo habíamos estado hablando junto a la chimenea sobre todo aquel asunto del amor cortés. Pero a mí lo del caballero de brillante armadura que acude a tu rescate se me antojaba demasiado pasivo y eso de llevar no sé cuantas enaguas cuando salías por el bosque me parecía engorroso.
Aparté una rama baja y continué con mi camino bajo la escasa luz de la luna y las estrellas. El caso era que aquella noche habíamos estado intercambiando historias, todo aquel asunto de dejar crecer las enredaderas bajo su ventana y facilitar el rescate se me antojaba mucho trabajo por motivos poco claros. Más aún, no entendía por qué se lo ponía fácil a cualquier acosador potencial o dónde estaba la gracia si les facilitaba acceder a su cuarto.
Pasé por encima de una pequeña corriente de agua que corría entre las rocas llenas de musgo. Aún no había señales de civilización o de fuego que indicase presencia humana. Como tampoco la hubo nunca cerca de la ventana de Joanna, aunque sospecho que en eso su abuela tenía más que ver que con la dificultad de escalar la pared. O tal vez era que, en el fondo, Joanna no era lo suficientemente pasiva.
No sabía cuánto tiempo llevaba caminando por el bosque, ni tenía demasiado claro hacia dónde estaba andando. Salvo que estaba yendo aproximadamente hacia el norte, eso lo sabía por las estrellas y la dirección en la que creía el musgo.
Me había perdido tantas veces en mi vida que había terminado por aprender un par de cosas básicas sobre orientación y supervivencia. Eso y que la teoría de Connor sobre “si te pierdes espera quieta a que te encontremos” siempre me había parecido un asco. Además, si le hubiera hecho caso y me hubiese quedado donde estaba (en el carromato de unos gitanos), era probable que hubiera atravesado medio Inishmore.
Pero por mucho que andaba en la oscuridad, no tenía pinta de que fuera a llegar a ninguna parte o encontrarme con alguna criatura feérica que me ayudase en mi misión de salvar al cachorro. Eso no quería decir que fuera a rendirme, claro, pero iba a ser una larga noche.
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