[Rumbo a las Islas del Glamour]
La costa de Montainge iba achicándose poco a poco y el pequeño puerto de Arisent pasó de ser una pequeña construcción no más grande que la casa de muñecas con la que jugaba en Avalon, a una fina linea que se alejaba de la popa paulatina, e inexorablemente hasta esfumarse en un borrón engullido por las olas.
Mientras nos alejábamos, habíamos pasado de ser inocentes victimas de una trifulca de taberna a enfrentarnos valientemente a 40 bandidos a las ordenes del corrupto y lascivo cardenal montaignese, la marioneta del califa del imperio de los lunares, quien ansiaba para sí las reliquias del afamado arqueólogo Jhones. Un misterioso artefacto Syrneth de incalculable valor y propiedad legitima, por supuesto, del museo nacional de Avalon.
Recordaba la ultima vez que había viajado en barco. La abuela me había hecho encerrar en las bodegas del "Reina Elaine" y, sentada sobre un barril de pólvora, me había puesto entre las manos una pistola de un solo tiro. Desde ahi, aun podía escuchar los gritos del motín en cubierta, el sonido del acero contra el acero y las balas perdidas. "Pase lo que pase, peresvarás tu honra", me lo había hecho jurar antes de desaparecer tras las mal engrasadas puertas de madera.
Asi pues, ahí me quede yo, sola en una bodega tan húmeda como oscura, sentada sobre 50 kg de pólvora y una pistola que temblaba entre mis pequeñas manos, preocupadísima pensando que debía de haber perdido algo, al parecer muy muy importante, por algún agujero del pequeño bolsito que colgaba de mi vestido. Tenía 8 años y aun hoy, nunca supe como la abuela Cece pudo regresar de una pieza, sin despeinarse ni un milímetro y con la misma sonrisa rígida que esbozaba cuando acababa de firmar el cese de algun criado.
Visto así, podría decirse que mi situación actual con respecto a la navegación propiamente dicha, había mejorado considerablemente.
Había descubierto que se me daba la mar de bien remendar velas y que no se necesitaban escalpelos ni ventosas cuando se tenía a mano un buen serrucho. Había tantas cosas que hacer que siempre andaba ocupadísima de un lado a otro, preguntando por cartas de navegación, vientos, rumbos, mareas, velas y aparejos, entre faena y faena.
Mientras Lola se dedicaba a contar heroicas historias de su patria y tratar de desplumar a los incautos marineros jugando a cartas, yo descubría el amplio mundo de posibilidades que se le presentaban a una cuando llevaba "calcetines" en lugar de enaguas. Incluso el señor, Puño-y-medio-Anders, había tratado de enseñarme a disparar:
"Pequeña rata sarnosa, ya va siendo hora de que entre algo útil en esa dura mollera tuya que tienes", había dicho mientras me daba capones con el muñón, y escupía sobre la cubierta que, con tanto esmero, me había esforzado en fregar instantes antes.
Al anochecer me había acurrucado junto a Lola en la maltrecha hamaca que compartíamos en la bodega -Deberíamos hacer esto más a menudo -le había susurrado antes de caer rendida.

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