sábado

Erin Morgan O'Neil

Erin: Y luego me llamaban loca. Primero el sapo, luego el perro y aquí estaba el cuervo. Tres de tres no era coincidencia. Tampoco me sorprendió la tormenta en la noche o la mansión abandonada, todo era dramáticamente apropiado, todo formaba parte de la magia de Avalon. Sólo desearía que el pobre cachorro no tuviera que sufrir.
Las estrellas habían desaparecido tras las nubes y sólo los rayos iluminaban la noche cerrada. Los truenos seguían a los rayos con tan poca diferencia que estaba segura que la tormenta estaba exactamente sobre la mansión. Cada rayo, revelaba un nuevo detalle. Un cuadro de una mujer de rostro adusto, una alfombra roída por las polillas, el terciopelo polvoriento de unas cortinas.
No podía evitar preguntarme por la historia de aquel lugar, las personas que habían vivido allí y qué habría sucedido. En cierto modo, caminar por aquella casa de tablones que crujían al pisarlos y de muebles vencidos por el paso del tiempo, era como echar un vistazo atrás en el tiempo.
Mis pasos me llevaron hasta la única fuente de luz. El aceite de la lámpara derramado por el suelo terminaría por incendiar toda la mansión si nadie lo apagaba. El cuervo grazno e hizo que abrazase al cachorro con más fuerza, como si así pudiera protegerlo.
No parecía que tuviera muchas alternativas, pero una vez más me resistía a rendirme a la evidencia. No quería amputar la pierna del cachorro si había alternativas. Dejé caer mi mochila y arrojé los restos del conejo al cuervo. No sabía cuánto llevaba allí, pero dudaba que hubiera podido alimentarse del cadáver. Además, prefería que se comiera eso a que intentase caer sobre el cachorro.
Luego, miré el esqueleto de la silla, más que nada por dirigirme a algo en concreto. A fuerza tenía que haber fantasmas en aquella mansión y estaba bien claro que aquel cadáver había sido un médico. No perdía nada por intentar negociar.
- Sé que estás ahí, necesito tu ayuda para salvar al cachorro y que no pierda la pata. – dije en voz alta. – Podemos llegar a un acuerdo, en vida fuiste médico.
Master: Un rayo cruzó la ventana y un estruendoso trueno hizo vibrar las ventanas en respuesta a la petición de la joven. El cuervo, que se había alejado revoloteando de los restos cocinados del conejo hasta posarse sobre una calavera de plata con ojos de rubí deslucidos dejando la esfera terrestre girando de forma perezosa, se giró hacía ella con ojos brillantes y graznó:

- ¡Croaaack! ¡Doctor! ¡Hay que amputar! ¡Croaaack!

El viento soplaba con más fuerza y la mansión entera gemía y temblaba bajo la tormenta. Bajo la escasa luz de las llamas tambaleantes y la atenta mirada del cuervo, Erin vió como las sacudidas de la mansión hacían asentir a la calavera del cadaver del doctor. Uno de los papeles voló de la mesa de un golpe de viento que entró por una de las ventanas y cayó a sus pies. Parecía una carta apergaminada y amarillenta por los años.
Erin: Dirigí una mirada de reproche al cuervo.
- No te he preguntado a ti.
Me agaché para recoger con cuidado la carta. Era importante que no se estropease. El trato parecía justo, entregar la carta a cambio de curar al cachorro. Miré a la calavera, indecisa sobre si leer las líneas escritas con trazo apresurado en busca de alguna pista, pero me parecía una falta de respeto y, en realidad, tampoco necesitaba saberlo.
- ¿A quién debo entregarla? – pregunté mirando la calavera del médico que, sin duda, albergaba el espíritu del doctor.
Master: La tormenta parecía convertirse simplemente en un aguacero a medida que pasaban los minutos y el viento, los rayos y los truenos la abandonaban, como si el cielo se hubiera cansado de arrojar su furia contra la isla. El fuego iniciado por la lámpara rota se estaba quedando sin combustible y moría dejando perecer sus llamas y convirtiendose en unas pocas brasas que apensa daban un poco de penumbra al lugar. Los ojos del cuervo y los rubís deslucidos de la calavera seguian mirando a Erin y al cachorro gimoteante mientras esta esperaba una respuesta en silencio. Al parecer, la casa no tenía nada más que decirle.
Erin: Coloqué al cachorro frente al esqueleto y acerqué el maletín.
Por favor, cúralo.
Luego empecé a leer la carta, aún a medias que me había entregado el médico. De vez en cuando miraba de reojo al cuervo para asegurarme que no atacase al cachorro, cuidando de estar entre ellos por si tenía que intenta pararle. Si no encontraba respuestas en la carta, miraría en el escritorio y en el resto del despacho.
Master: La carta era lo bastante nueva como para poder enrollarla sin que se quebrara pero lo suficientemente vieja como para que hubiera que hacerlo con cuidado. El papel amarillento estaba cubierto de una escritura difícil de leer, una letra febril y angulosa que a Erin le hizo pensar en nerviosismo, casí en miedo.
"Querido Piotr,

Anoche volvieron a intentarlo. Varios ladrillos reventaron ventanas en la planta baja y en el piso de arriba pero James, la doncella y yo pudimos sacarlos a tiempo. Helen cada vez tiene más fiebre y estos malditos no dejan de acosarme. Buscan el cuadro, lo sé. En las escasas horas de sueño que me permito no dejo de ver como la isla emerge de entre las aguas y como en mis sueños recorro el camino hacia el tesoro una y otra vez. Estoy seguro de que esta isla es real, en alguna parte, pero no sé dónde está. He intentado descifrar las estrellas que hay pintadas en el cuadro, y dan una posición aproximada de algún punto en frente de la desembocadura del río del comercio, debajo de Avalon, ¡pero allí sólo hay agua! Además hay un extraño cometa pintado que no conozco. Tal vez se refiera a una fecha o tal vez la isla se haya hundido para siempre."
"pero me resisto a creer eso, tiene que ser real, allí esta la cura de Helen y la solución a esta maldita lucha. Una vez tengamos en nuestras manos ese poder...

Aquí estan de nuevo, mandaré a James por la puerta trasera con esta carta. Si no tienes noticias mías es que han logrado entrar. Si eso ocurriera, quemaré el cuadro antes de que lo roben. Si no lo consigo, dejo en tus manos impedir que estos bastardos consigan lo que es nuestro por dere"
La escritura interrumpida y la mancha de tinta indicaban que algo le había pasado al doctor mientras escribía la carta. Ahora que estaba más cerca y pese a la penumbra, Erin pudo ver un agujero pequeño en la armilla del médico que indicaba agujero de bala. Probablemente escribir aquella carta hubiera sido lo último que hiciera antes de morir.
Erin: Leí con detenimiento la carta a Piort, fuera quien fuera. ¿Cuánto habría pasado desde que la escribieran? No tanto como para que el cuervo huyera buscando nuevas fuentes de alimento. Tal vez el destinatario seguía vivo, tal vez querría que le entregase el cuadro a él. Miré al esqueleto.
- ¿Quieres que busque esa isla? ¿Qué busque a Piotr? ¿O que queme el cuadro? – pregunté indecisa. – Sin duda sonaba a aventura y, en cierto modo, me recordaba a mi sueño. Claro que aún no había aparecido ningún ogro. – Miré expectante, el tiempo del cachorro se acababa. – Terminaré lo que empezaste.
Master: El cachorro se agitaba y temblaba encima de la mesa y los minutos pasaban sin remedio. Y el cuervo graznó:

- ¡Croaaack! ¡Doctor! ¡Hay que amputar! ¡Croaaack!
Erin: Me guardé la carta con cuidado para que no se estropease. Ya le había prometido al médico que terminaría lo que había empezado, pero no veía que hiciese nada por el cachorro. Me acerqué hasta él y abrí el maletín. La sierra de amputar destacaba de forma desagradable.
- ¡Maldito cuervo! – miré de reojo al esqueleto – Ayúdame y encontraré esa cura.
Empecé por limpiarle la herida usando el alcohol que había en el maletín, aunque cada cierto rato miraba hacia el esqueleto, por si daba señales de querer ayudar.
- Llevaré esa carta y el cuadro a Piort, pero ayúdame. – insistí.
Master: el silencio era el dueño de la mansión si descontabamos el incesante repiqueteo de la lluvia avalonesa. El cuervo se rascaba el estropeado plumaje sin prestar atención a los invitados y el fuego se extinguia del todo dejando la casa a oscuras. Erin encendió una lámpara para trabajar mejor pero no tenía ni idea de cómo amputar una pata de perro más allá de que había que cortar por encima de la herida.

Erin: Maldije para mis adentros. ¿Por qué no me ayudaba el fantasma aquel? ¿No estaba claro que le ayudaría a cambio? Miré de nuevo hacia atrás, aunque sabía que era improbable que el esqueleto volviera a moverse. Cerré los ojos por un momento intentando reunir fuerzas para lo que tenía que hacer.
Master: el silencio acompañaba a Erin mientras intentaba mantener quieto al cachorro y echarle alcohol al mismo tiempo el perro se retorcía y trataba de huir presa del dolor y el cuervo empezó a graznar su odiosa frase y a batir las alas soltando un molesto plumón negro y levantando una nube de polvo

El polvo impedía que Erin viera lo que estaba haciendo así que tuvo que parar hasta que la cosa se hubiera calmado, al cabo de unos instantes el perro parecía menos agitado y el cuervo volvió a acicalarse las plumas. Tal vez echar alcohol a la herida no había sido tan buena idea.

Erin: Acepté el hecho de que no me quedaría más remedio que arreglármelas sola. Hice un torniquete en la pata del perro y empecé a cortar. No tenía demasiada alternativa. No si quería que sobreviviera. Así que me armé de valor y empecé.

- Que sepas que te odio – le dijo al cuervo.

No lo decía en serio, en realidad me odiaba más a mi misma por lo que iba a hacer. Utilicé las cosas del maletín para hacer un torniquete, así no se desangraría. Luego corté por encima de la articulación. Apreté los labios. Lo peor fue el hueso, que dejó astillas que tuve que quitar, despacio y con cuidado. Cuando terminé, desinfecté y cogí los músculos y la piel haciéndolos pasar por encima, para que cicatrizase luego. Por último lo vendé deseando que al menos el perro sobreviviese.

Después busqué un sitio para acomodarnos el cachorro y yo. Recuperé la carne del conejo y la puse al alcance del cachorro, junto con un plato con agua. Aunque estaba agotada, tendría que velarle. Seguía sin fiarme del cuervo. Dado que había despreciado el conejo, no estaba descartado que atacase al cachorro. Y aún tenía que ayudar al cuervo…

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