lunes

Joanna Jhones y la Diva Escarlata





Lola Aldana + Joanna Jhones
Montaigne

Lola
: Benditas sean Joanna y su dulzura. Muchas de las chicas de la Escuela creían que era tontita, pero lo que pasa es que tiene un gran corazón. Yo creo que es la única que me entiende a parte de mi hermano, que ni siquiera sé dónde está, pero por el que rezo todas las noches antes de acostarme. Por mis padres no, esos que se vayan al infierno; si me quisieran, nunca me habrían internado en aquel antro de mujeres estiradas y sin una pizca de picardía.

- Que Dios te bendiga, Joanna –digo-. Menos mal que queda una mujer decente y con dos dedos de frente en este país de locos viciosos y lujuriosos.

Le aprieto la mano en señal de complicidad y, tras dedicarle una media sonrisa que indica que se me ha pasado un poco (un poquito simplemente) el enfado, salimos fuera de aquel lugar alejado de la bondad de nuestro señor. Malditos cerdos montaigneses desconocedores de la hospitalidad. En mi patria, a los extranjeros se los colma de buenas maneras y amor incondicional. A ver si aprenden.

- ¿Sabes de algún sitio por aquí? –pregunto- Yo es la primera vez que vengo, pero supongo que con tu padre habrás recorrido mundo.


Joanna: Sonreí devolviendole el cariñoso apretón antes de avanzar por la primera callejuela que encontré. 

Cualquiera diría que sabía exactamente hacia donde me dirigía. Paso firme, y expresión decidida, y esque, si en algo tenía que darle la razón a la abuela Cece era en esto, la actitud. Lo importante no es si debes o no debes estar ahí, lo importante es que parezca que tienes todo el derecho del mundo a estarlo y que sabes exactamente lo que estas haciendo. Nadie hace preguntas y si las hacen, bueno, solo tienes que fingir que estan haciendote perder un tiempo valiosisimo para toda la humanidad.

Asi que, en definitiva no, no tenía ni idea de hacia donde ibamos, pero en alguna parte tenía que haber alguna casa con un baño decente y por la hora que era, probablemente unicamente ocupada por el servicio.

-A decir verdad los viajes de mi padre solian incluir muchas más ruinas, menos gente, nada de curtidores y más momias...-me encogí de hombros inocentemente mientras caminabamos y, antes de que volviera a ponerse a despotricar contra todo Montaigne, me paré frente a ella esbozando una sonrisilla traviesa -¿recuerdas cuando rob... tomabamos prestados los bombones de la Sta Mercromina de las cocinas del internado?, solo tenía que parecer que teniamos todo el derecho del mundo a estar allí ...-hice una pequeña pausa mordiendome el labio inocentemente - esto es igual -concluí guiñandole el ojo complice.

Lola: Caminamos, y caminamos, y caminamos. Estoy cansada de andar, pero supongo que Joanna tiene idea de hacia donde vamos… hasta que me dice que los viajes de su padre eran en ruinas y no en Montaigne. Para más INRI, suelta que la cosa estar en tener seguridad en una misma. Tiene narices la cosa.

- Vamos, que nos hemos perdido –bufo y miro a Joanna-. No tienes ni idea de dónde estamos, ¿verdad?

Joanna: Suspiré negando con la cabeza, debería recordar que tras "esa" clase de desayunos, debería ser más explícita en mis explicaciones.

Estiré el brazo señalando una hilera de modestas casitas. Al parecer no se podía esperar mucho más de un pueblecito de curtidores.

 - Elige la que más te guste - añadí guardando las manos a la espalda inocentemente.

Lola: -Si es que no te explicas.

En realidad, ahora que lo pienso, Joanna sí que se había explicado bien, pero obcecada como estoy por encontrar rápido un sitio dónde darme un buen baño, pues no había caído en que se refería a que simplemente teníamos que colarnos en alguno de esos sitios por la cara. Recuerdo cuando lo hacíamos en la escuela y una sonrisilla maliciosa se dibuja en la cara. Anda que no se enfadaba la señorita Mercromina cuando después no le quedaba ni un bombón. Lo malo es que siempre me pillaban y, conmigo, Joanna también se la cargaba (¿qué? ¿creíais que iba a cumplir un castigo sola? Ah, no), pero son sólo detalles.
Vamos calle arriba y nos paramos frente a una pequeña casita más o menos decente. Hay luz en el interior, por lo que también habrá gente.

- Venga, esta mismo –elijo.

master: La casa es de tamaño mediano pintada de blanco con adornos verde oscuro. Era una casita bastante bonita que pertenecería a alguien con dinero. La puerta de color aguacate tenía un llamador dorado que podían ver desde la balla blanca más allá del camino de piedras. En el pequeño buzón que se podía ver desde detrás de la valla ponía "Devanour"

Joanna: Me incliné ligeramente hacia Lola -Tú serás la gran Diva y yo seré Genevieve, tu asistente en Montaigne -susurré divertida antes de adelantarme.

Subí los peldaños con gracia, eché una ultima mirada complice a mi amiga y tras ello, piqué dos veces al llamador.

Lola: Asiento divertida y miro a Joanna por encima del hombro, dibujando una sonrisa de superioridad. Debo meterme en el papel. Al fin y al cabo, lo mío será sólo actitud y decir tonterías en castellano que después Joanna traducirá como le venga en gana.

Pongo los brazos en jarra, las manos sobre la cintura, dejando que el chal oscuro caiga sobre el cuerpo. Los flecos se mueven con la leve brisa que corre. Que comience el espectáculo.

master: Unos minutos despues de llamar unos pasos os avisan de que hay alguien al otro lado de la puerta. Esta se entreabre con un leve crujido y la cara con cofia de una doncella aparece por la puerta:

- ¿Oui?

Joanna: Cogía aire y miré a Lola, ya parecia metidísima en el papel. Sonreí.

-¿Monsieur Devanour? -pregunté con dulzura -oh! grâce au ciel que nous sommes arrivés! [Oh! gracias al cielo que hemos llegado] -Suspiré apoyando la mano sobre la puerta para entrar -c'était un voyage horrible, tout sent à un tannage. La mademoiselle cette vidée [ha sido un viaje horrible, todo huele a curtidos y la señorita está agotada] -añadí dejando paso a Lola y colgando el chal que llevaba sobre los hombros en los brazos de la criada. -tout a à être parfait pour cette nuit [todo tiene que estar perfecto para esta noche] -continué sin darle tiempo a contestar, encaminandome por el pasillo con tranquilidad, como si realmente alguien nos estuviera esperando para algo verdaderamente importante.

Lola: Me adentro en la casa mientras Joanna comienza a hablar con la sirvienta en montaignés. Yo no entiendo nada, porque a parte de castellano sólo aprendí avalonés, así que me pongo a ojear el lugar sin mucho interés, como si hubiera visto cosas mejores. Echo un poco de menos mi chal, pero era necesario que me lo quitara. Le da más credibilidad.

- Joanna, las casas montaignesas son definitivamente una vergüenza. Deberías haber visto tú la mía –le digo. Supongo que lo traducirá por algo como “la señorita dice que blablabla” o “la señorita exige blablabla”-. Hasta los teatros estaban mejor provistos de decoración que… -le vuelvo a dar otro repaso general- esto –termino por decir.

master: La sirvienta retrocede abrumada ante vuestra entrada y sólo consigue murmurar algunos "pero... pero... no sabía..." antes de agachar la cabeza y retirarse en busca de refuerzos. El vestíbulo de la casa es algo más oscuro de lo esperado. El pequeño recibidor estaba ocupado por una mesita baja y una percha excesivamente recargada de la que no colgaba niunguna prenda elegante. Unas escaleras se adentraban a las alturas y el pasillo seguía hacía la oscuridad

Joanna: Sacudí la melena elegantemente -s'il était si aimable la mademoiselle a besoin de son jus de pamplemousse et de framboises avant de commencer la séance [si fuera tan amable, la señorita necesita su zumo de pomelo y frambuesas antes de comenzar la sesión]. -continué sacudiendo la mano liguera y altaneramente - nous espérerons là-haut, la mademoiselle a besoin de reposer la voix, oh, et pour rien au monde désire être gênée [Esperaremos arriba, la señorita necesita descansar la voz y por nada del mundo desea ser molestada] -añadí levantando un dedo, subiendo ya las escaleras, mientras la doncella se alejaba - ce sont vous très aimables [es usted muy amable] -concluí con una esplendida sonrisa.

En cuanto la doncella desapareció miré a Lola guiñandole un ojo traviesa antes de adentrarme en el pasillo en penumbra.

Lola: Me hubiera puesto a dar saltitos y a abrazar a Joanna si no fuera porque tenemos que mantener las apariencias y, sobre todo, darnos un buen baño. Ni siquiera sé lo que le ha dicho a la sirvienta, pero parece que sólo ha salido de perlas, por lo que sigo a mi amiga escaleras arriba. Por favor, señor, que haya baño, rezo por lo bajo. Por favor. Si yo sólo pido eso.

Me recojo un poco la falda y subo los últimos escalones de dos en dos, ansiosa. Me acerco a Joanna.

- Regalar mi preciosa voz por un baño. Qué cosa más triste. Por lo menos la otra noche nos dieron unas cuantas monedas.

master: La casa parecía silenciosa mientras subian los escalones como si todo les pertenciera. Al llegar a arriba vieron un pequeño pasillo y tres puertas de madera elegante. Uno de esos nuevos papeles pintados decoraba las paredes y una pequeña ventana que daba al mar iluminaba la estancia. Abajo podían oír el ajetreo de la doncella, no parecía haber nadie más en la casa.

Joanna: Le saqué la lengua - No te quejes, "Ahora la señorita necesita descansar" -añadí burlona. Aproximadamente dentro de 20 minutos empezaria a sentirme culpable asique, ¡que diablos!, tenía que aprovechar.

Giré sobre los talones hasta quedar frente a las tres puertas y por un instante me mordí el labio pensativa antes de inclinarme ligeramente y abrir con cuidado la puerta de en medio. Si arriba tenían que estar las habitaciones la del medio debería ser el baño compartido.

Lola: - Por supuesto que necesito descansar –hago un gesto con la mano, haciéndome la diva.
Joanna abre la puerta de en medio y, ante nosotras, se muestra el baño. Lloraría si no fuera porque después tendré que cantar, pero me permito sobreactuar un poco.

- Oh, creo que voy a desfallecer de la emoción –me llevo la mano a la frente-. Bueno, no, ¡pero necesito ese baño!

Me introduzco en la habitación y observo el lugar. Aquí faltan las sirvientas que me llenen la bañera, sinceramente. ¿Es que en Montaigne no saben hacer ni eso? ¡Hasta la plebe es vaga! Esto en Castilla no pasa.

- ¿Vamos a tener que ir nosotras a buscar el agua o esas sirvientas de pacotilla van a mover el culo?
Sólo sé quejarme.

Joanna: Sonreí pacientemente. Aun se escuchaba el ir y venir del taconeo de los botines de la doncella en el piso inferior tan atareada y apurada como la habiamos dejado hacía tan solo un momento.

Con cuidado, examiné la habitación, el moviliario, aunque rústico y modesto, parecía limpio, lo que ya era mucho más de lo que esperaba encontrar en aquel puerto de curtidores:

La bañera, un barreño de madera de dimensiones estandar presidia la estancia orientada hacia la ventana abierta, que daba al mar. Había también una estanteria trabajada en madera con delicados motivos florales que alojaban todo tipo de aromáticos botecitos de cristal, e incluso una esponja marina auténtica. Sobre una silla, descansaban bien dobladas y almidonadas,dos toallas de paño y el suelo estaba parcialmente cubierto por una alfombra de piel.

Unos golpecitos suaves en la puerta anunciaban el regreso de la doncella, me incliné ligeramente sobre Lola - ¿lo ves?, solo había que ser paciente -susurré con dulzura.

Cargada con dos cubos de agua caliente no hizo falta esperar demasiado para que la mujer preparara el baño y tal y como vino, y con mil y una disculpas más en francés volvió a desaparecer. la pobre había olvidado el zumo de pomelo y fresas de Lola, ¡¿pero donde iba a encontrar un dichoso pomélo en esta época?!.

En cuanto se marchó me mordí el labio, esto no estaba bien... -Somos unas personas horribles -murmuré desviando la mirada hacia la puerta.

Lola: - No somos unas personas horribles -sonreí de oreja a oreja-. Simplemente reclamamos lo que nos merecemos. ¿O acaso no tenemos nosotras más rango incluso que este burdo montaignés?

Me dediqué a observar los botecitos de cristal llenos de aceites y perfumes, rozándolos sutilmente con el dedo mientras me paseaba de un lado de la estantería al otro. Oh, como echaba de menos esto. En la escuela no se nos permitían estos placeres; un baño simple y austero era suficiente para nosotras, las nobles rebeldes sin futuro. O eso decía la señorita Mercromina. Pero sinceramente, yo me pasaba las palabras de la señorita Mercromina por un sitio bastante pudiente que no voy a mencionar. Soy una señorita, ¿dónde se ha visto eso? Me deleité abriendo unos cuantos y oliéndolos, eligiendo al final uno con olor a rosas que ni corta ni perezosa derramé sobre el agua en la que íbamos a bañarnos. Juntas, como siempre. En la escuela Joanna y yo lo habíamos compartido todo, momentos de higiene incluídos, y nos habíamos acostumbrado a ello. Tras tanto tiempo, romper la tradición se me haría demasiado extraño.

- Esto nos hará oler como las verdaderas mujeres que somos -dije.

Empecé a desvestirme: me deshice del cosé y del vestido, me quité los zapatos y me solté el pelo. Ya habiendo dejado al descubierto mi cuerpo, me incliné sobre la bañera y sumergí la punta del índice en ella.

- Está perfecta.

Y me metí.

Joanna: Suspiré, en el fondo, sabía que Lola no tenía razón, pero era dadas las circustancias era mucho mejor pensar que sí. Tenía un largo viaje por delante para sentirme culpable y bueno, una vez todo el embrollo de papá se hubiera arreglado enviaría a aquella buena mujer el pago por las molestias. Era lo justo.

Sacudí la cabeza y me retiré la cinta del pelo dejandola caer libremente al suelo. Me acerqué también a la estantería de los botecitos y con una sonrisilla traviesa decidí que, ya puestas a delinquir había que hacerlo bien. Cogí unos cuantos frasquitos más y los esparcí por la bañera alegremente.

Miré a Lola mientras me deshacía gracilmente del corsé y todas las enaguas (una tarea muy pero que muy dificil y peor valorada aun) -Aprovecha ahora, sospecho que no encontraremos tantos lujos en el barco -añadí esbozando una sonrisilla burlona, antes de terminar por quitarme el liguero, las medias y los botines y sumergirme también en la calída bañera.

Lola: Suspiré de puro gusto. Desde que nos habíamos escapado no nos habíamos podido dar un baño en condiciones, y aquello me sabía a gloria. Sin duda, los de este país no sabrían de otras cosas, pero sí de gozar de un buen momento con agua caliente.

- Ew, el barco -solté una risita-. Me repugna sólo pensarlo: todo lleno de hombres sin camiseta, sudorosos y haciendo fuerza para arriar velas y esas

cosas que hacen -me quedé un rato callada-. Bueno, ahora que lo dices, en realidad no me repugna tanto -y me volví a reír.

La verdad es que no me hacía mucha gracia tener que viajar hasta Avalon como polizonte. Había visitado el lugar años atrás, en un viaje de mi padre, pero mi hogar siempre había estado en Castilla y el mar no estaba hecho para mí. Además, una cosa era ir rodeada de lujos y, otra muy diferente, tener que prometer favores para lograr entrar y que, además, nos trataran como mujeres de vida alegre de las que se podían aprovechar en cualquier momento. ¿Acaso no era compatible ser un hombre y respetar a una dama? Educación era lo que les faltaba, sobre todo si eran montaigneses. Esos eran los peores.

- Quizás tendríamos que disfrazarnos de hombre -sugerí-. No me apetece
mucho tener que dar esperanzas indecentes a esos marineros faltos de cariño -alcé una ceja.

Joanna: Si, definitivamente el baño había sido una buena idea. Me hundí un poco hasta mojarme el pelo, hasta hacía unos segundos no había sido realmente consciente de cuanto necesitaba algo así.

Con cuidado, me retiré el pelo hacia atrás apoyando la espalda sobre el borde mientras jugueteaba con la espuma entre mis manos -En parte por eso estamos aquí -comenté distraidamente soplando unas burbujas -aquí debe de vivir un hombre -añadí con tranquilidad -además tampoco hace falta saber mucho más que las mareas para enrolarse como grumete...-La miré un poco de reojo, simulando jugar con la espuma, para esperar su reacción.

Lola: - ¿Grumetes? -pregunté, como si no acabara de creérmelo- Eso, Joanna, implicaría una fuerza que definitivamente no tenemos. Y no pensarás que nos vamos a poner a limpiar la cubierta como si fueramos unas plebeyas, ¿verdad? -me indigné.

Giré la cabeza hacia un lado y suspiré profundamente. Yo había pensado disfrazarnos de hombres y estar por ahí sin hacer absolutamente nada. Observar el paisaje y recrearnos en los demás hombres que por ahí rondaban. Quizás hasta podíamos jugar un poco a cartas, pero nada más. ¡Yo nunca había propuesto eso de trabajar!

- Mira, ahora lo de parecer una triste prostituta es incluso más tentador que lo de disfrazarnos de hombre, la verdad.

Joanna: me reí sumergiendome un poco más y salpicandola un poquito al salir -no tenemos que trabajar -me acerqué un poco a ella apoyando dulcemente la cabeza sobre su hombro -solo tiene que "parecer" que trabajamos, como si siempre hubieramos estado ahí -alcé un poquito la cabeza con expresión lastimera - venga, pensarán que nos enrolamos en algun puerto en el que estarían tan borrachos que ni se acuerdan. -sonreí inocentemente antes de separarme y alcanzar la pastilla de jabón -si nos pillan sin pasaje y sin ser miembros de la tripulación acabaremos encerradas en las bodegas, además, tienes que admitir que es mejor que pasarse el viaje en un barril de pepinillos o huevos en salmuera -concluí con una sonrisilla inocente.

Lola: Intento mantenerme seria y algo mosqueada, pero no puedo dibujar una sonrisilla ladeada cuando se apoya en mi hombro y me convence con sus dulces palabras. Joanna podrá parecer dulce e inocente, pero tiene el don de hacer que los demás quieran con abrir la boca. O, por lo menos, conmigo funciona. Sin embargo soy una persona tozuda, por lo que no puedo evitar mantenerme en mis trece.

- Pues a mí siempre me gustaron los pepinillos. Y me eché a reír mientras cogía agua con una mano y la derramaba sobre los hombros.

- Sigo pensando que es una tontería, pero supongo que podría salir bien -admití a medias tintas-. Si mis padres me vieran... ¡si mi hermano lo hiciera! Sería la comidilla del pueblo. ¡La joven Aldana disfrazándose de hombre! Eso sí -miré a Joanna-, ni por todo el oro del mundo pienso cortarme el pelo.

Joanna: Me eché a reir con ella, feliz y emocionada ante la perspectiva de la aventura. La hice girar un poco y como hacíamos cada dia en la escuela de la Sta Mercromina, me puse a lavarla el pelo distraidamente mientras mi mente ya viajaba en un poderoso navio, entre velas y aparejos, sorteando innumerables peligros, rumbo al horizonte.

-Llevaremos sombrero -añadí mientras la enjabonaba -todos los llevan en los barcos -continué como si aquel fuera el menor de nuestros problemas. -además, si nos pillan... bueno, mi abuela siempre dice que no importa lo que hablen de tí, lo que importa es que lo hagan. -concluí como si aquella fuera una verdad universal.

Lola: - Mi madre estaba harta de que hablaran de mí, así que directamente me suplicaba que me comportara como una señorita -comenté, dejando que me lavara la larga melena oscura.

Siempre había sido así, pero yo no tenía la culpa. Bueno, quizás sí, pero era algo que no iba a admitir; Dios me había hecho de aquella manera y, por lo tanto, era perfecta tal y como era. Y orgullosa que estaba de ello.

- Si nos pillan terminaremos siendo la comida de los monstruos marinos que habitan las aguas que rodean tus tierras, Joanna. Así que, por el bien de las dos, mejor que no nos descubran.

Pensé que siempre podíamos secuestrar el barco, o lanzar a todos ellos al mar en vez de ser nosotras las víctimas. Diría algo como que a la Diva Escarlata no se la trata de esa forma, que es ella la que maltrata a los demás, y todo solucionado. Lo malo era que Joanna me descubriría, y entonces identidad secreta al garete.

- Venga, ven, que te enjabono la espalda.

Me giré, tomé la pastilla de jabón y, tras hacer que ella también se girara, comencé a frotar suavemente la piel blanca y delicada. Era como una muñeca.

- ¿Y Avalon, Joanna? ¿Está lleno de ruinas y aventuras, como dicen los libros?

Ni me molesté en mencionar la magia. Para mí, aquello era tabú; nos habían educado para odiarla y tacharla de herejía, y era algo que nunca había cuestionado.

Joanna: Dejé que me enjabonara la espalda -Ah, Avalón te encantará. Sus bosques, los acantilados, la lluvia...todo es... oh! y el museo!, ¿sabes que tiene la colección más grande de artefactos Syrneth de tooooodo el continente? -comenté soñadora - Muchos de los expuestos fueron descubiertos por mi padre -añadí orgullosa -oh! y te presentaré a mi prima Erin, Si quieres pasarlo bien en una taberna tienes que conocerla -sonreí nostalgica -ah! -me dí la vuelta repentinamente para quedar frente a ella -Hay algo en Avalon que tienes que tener siempre presente -la miré en una pequeña pausa dramática, entornando los ojillos y bajando el tono hasta un susurro de misterio -siempre, siempre, siempre, tienes que hacer caso de las leyendas -concluí antes de salpicarla aprovechando su distracción, y rompiendo nuevamente a reir.
-vamos -me levanté dejando que el agua escurriera por mi cuerpo -Tenemos que salir de aquí antes de que empiecen a sospechar -concluí guiñandole un ojo y saliendo de la bañera hasta alcanzar una de las toallas de paño de la silla.

Lola: - ¡Ah, maldita pelirroja! -me quejé, entre risas, cuando me salpicó- ¡No sois de fiar!

Me sumergí una última vez y, tras librarme de la poca espuma que había hecho el jabón, salí de la bañera. Cogí otra de las toallas y me la puse por encima para después pasarme los dedos por el pelo, deshaciendo los nudos que podría haber. Por suerte no se enredaba fácilmente, así que no tardé mucho en terminar. La cosa era hacerlo rápido y hacerlo bien, así que me puse el vestido por encima, dejando el corsé y toda la ropa interior pesada que llevaba, y corrí hacia la puerta. La abrí sigilosamente, asomé la cabeza y miré hacia los dos lados.

- Psst, psst -llamé a Joanna-. Camino libre.

Lo mejor sería caminar sin hacer ruido, así que me puse de puntillas y recorrí el pasillo hasta llegar a la primera habitación. Vacía. Fui a la otra.

- ¡Premio! -susurré de forma eufórica.

Era la habitación del salón, una estancia amplia y bien iluminada. La decoración era fastuosa y más bien recargada, pero podía soportarlo si no miraba. En cuanto a la cama... bueno, digamos que no pude resistirme a tirarme encima de un bote y disfrutar aunque fuera sólo unos segundos.

Joanna: Caminaba de puntillas por los pasillos de una casa agena, con el pelo empapado y una uníca y finísima prenda de ropa. Por si fuera poco, mi siquiente paso iba a ser convertirme en un Jean-Jaques cualquiera para poder colarme en un navio mercante ¿quien sabe lo que nos depararía la mar?. No, definitivamente esto no estaba bien pero... diablos, era tan emocionante ¡no pensaba volver nunca a casa!

Me colé en la habitación tras Lola y, mientras ella vaciaba el armario escogiendo las prendas que más se ajustaban al papel que nos tocaba interpretar yo me acerqué hasta la comoda, tomé un pedazo de pergamino y la pluma que reposaba sobre el tintero y escribí una nota en un correctísimo Avalonés.

 En ella pedía disculpas por las molestias y prometía compesar, tanto por el desorden como por las prendas que acababamos de tomar prestadas. Una cosa era lanzarse a la aventura y otra era olvidarse de toda cortesía. Había que mantener unos mínimos...

A la hora de firmar dudé por un momento, finalmente y con la caligrafía más florida de la que fui capaz me decidí: Valeria. Sí, Valeria, aquel si que era el nombre de una auténtica aventurera.

Lola: Ni siquiera presté atención a Joanna mientras buscaba ropa decente. La mayoría parecía grande, pero encontré algunas prendas un poco más ajustadas que, a pesar de todo, nos quedarían lo suficientemente holgadas como para ocultar (o por lo menos disimular) nuestros pechos vendados.
Además, así pareceríamos unos pobres rateros que habían heredado la vestimenta o, directamente, la habían robado. Sonreí.
Definitivamente, dábamos el pego.

- Toma, ponte esto -le tiré a Joanna una camisa y unos pantalones.

Rebusqué un poco más, abriendo cajones y desordenándolo todo, hasta dar con varios chalecos y un par de gorros. Los dejé sobre la cama, para que Joanna fuera vistiéndose de una vez por todas (¿qué estaría haciendo para estar tan ocupada?) y me pregunté qué mas podríamos coger. Sí, unas botas, pero esas ya las tenía localizadas en una esquina de la habitación, limpias y bonitas. Tendríamos que ensuciarlas, pero eso era otro asunto; ya habría tiempo. Al fin y al cabo, este maldito país estaba lleno de barro, para que los cerdos de sus habitantes se revolcaran felices.

Piensa, Lola, me dije. ¿Qué es lo que define a un hombre?

- Y esto -le dije a Joanna unos minutos después- te lo tienes que poner en la entrepierna. Para marcar, ya sabes.

Lo que le había puesto en las manos era un calcetín, para hacer bulto. Si íbamos a ser hombres, tendríamos que marcar nuestra virilidad, y ya se sabe que cuanto más grande es lo que uno tiene entre las piernas, más respeto se le muestra.

Así que las dos nos lo colocamos y, tras jugar unos segundos sacando las caderas para fuera y haciendo el tonto entre risas, intentamos escupir para practicar. La verdad es que no tuvimos mucho éxito, por lo que desistimos. Nos pusimos los gorros a conciencia, para tapar bien la melena, nos calzamos las botas y... bueno, ahora sólo quedaba salir.

No podíamos hacerlo por la puerta grande; la doncella se daría cuenta y acabaríamos en una celda de Montaigne por ladronas y farsantes. Y yo, sinceramente, era muy joven para morir. Muy joven y muy guapa. El mundo estaría de luto siete días y todos los hombres del mundo llorarían y vestirían de negro. Ay. Y léase eso como un suspiro lastimero y de compasión, por supuesto. Pero la cosa era que teníamos que irnos de allí cuanto antes. Nos miramos. ¿Que podíamos hacer? Y, de repente, se nos ocurrió la idea del millón: la ventana.

Al cabo de unos segundos estábamos nosotras dos, días antes señoritas incorregibles a manos de una mujer llamada Mercromina Dañino, bajando precariamente por el canalón de la casa de un señor montaignés que nos había servido bien regalándonos sus ropas. Y todo eso a plena luz del día.

- Es usted todo un hombre, Jean Jacques -le solté a Joanna cuando ya estábamos en el suelo, con voz grave.

Pero mentalmente sólo pensaba en una cosa: que Dios nos ayude.

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