La noche estrellada se fue oscureciendo a medida que las esperanzas de Erin se iban hundiendo y su alma se volvía sombría. No sabía cuando tiempo llevaba tropezando por en medio del tenebroso bosque con el gimotean-te cachorro en brazos pero el trueno seguido de la insistente lluvia que calaba los huesos y el ánimo no ayudaban. Ya empezaba a desesperar cuando le pareció ver un destello de luz entre los árboles. Y el coral de la esperanza empezó a construir su castillo en la mente de la joven.
Siguió a ciegas la dirección de la insistente señal, como si de una estrella sagrada se tratara, hasta que estuvo lo suficientemente cerca para verla con claridad. Una enorme mansión se alzaba enfrente de ella. Parecía abandonada si se fijaba su camino desatendido y en las paredes medio derruidas con salvajes enredaderas creciendo por doquier, pero en una de las vetustas ventanas brillaba una tenue luz, así que Erin aporreó la puerta tratando de hacerse oír por encima de la tormenta que se estaba convirtiendo en un aguacero por momentos. Nadie parecía atender a la puerta de la antigua mansión por muy fuerte que llamase la inismoresa, pero al final los viejos tablones de madera cedieron a sus golpes y se abrió con un espeluznante crujido. Un tétrico pasillo lleno de polvo y telarañas recibió a la joven cuando entró a toda prisa para evitar la lluvia. La fiebre del perro empeoraba y ya no sabía que hacer, así que trató de encontrar a alguien que la pudiera ayudar.
Subió las siniestras escaleras con cuidado a pesar de su urgencia, porque tenía los pelos de la nuca en punta y ni aquella tormenta ni aquella mansión podían ser casuales en su camino. Al final de un pasillo cubierto por una alfombra que amenazaba en desintegrarse en polvo en cualquier momento vio una alta puerta de un verde deslucido entreabierta de la que salía una luz vacilante. Saludó con un “¿Hola?” nada convencido antes de asomarse por la rendija.
La estancia de dentro parecía un antiguo despacho abandonado mucho tiempo atrás. Los libros se habían podrido en las estanterías en su mayoría y la vieja mesa estaba cubierta por una gruesa capa de polvo por encima de papeles, abrecartas y demás objetos curiosos. La silla de cuero giratoria estaba de espaldas, pero Erin sabía sin inspeccionarla que hacía años que nadie se sentaba en ella y le quitaba el polvo. A su izquierda, cerca de la ventana, una lámpara de aceite había caído al suelo y de algún modo el aceite había prendido ocasionando la llama que la había atraído hasta aquí. Un cuervo de plumaje ajado observaba las llamas con fascinación con sus garras posadas encima de un globo terráqueo antiguo. Cuando entró, el pájaro giró la cabeza hacía ella y, con las llamas reflejadas en esos ojitos negros, graznó una única y profética frase:
- ¡Croaack! ¡Doctor! ¡Hay que amputar! ¡Croaack!
Erin retrocedió asustada ante las palabras del cuervo y chocó con algo que sonó como un siniestro xilófono a su golpe. Se giró sobresaltada para descubrir un esqueleto humano colgado de hilos y alambres. Tras una segunda inspección, determinó que era un objeto con propósitos académicos y se calmó un poco. Miró enfadada al cuervo, que permanecía en su lugar mirándola con ojos avariciosos y le hizo un gesto con la mano que le quedaba libre para asustarlo. El cuervo emprendió el vuelo alejándose de ella hasta posarse en la silla, que giró con un silencio sepulcral hasta dar media vuelta y mostrar a Erin lo que de verdad contenía. Un cadáver. Un esqueleto muerto mucho tiempo atrás, vestido con finos ropajes impasibles al paso del tiempo. Aun podía ver el centelleo de la cadena del reloj de bolsillo y el brillo de las gafas de lectura que se apoyaban en lo que quedaba del hueso de la nariz de su antiguo dueño. Quien fuera que fuese, se había podrido allí durante décadas, entre libros y polvo.
Y entonces lo vio, en mitad de aquella escena macabra había un objeto que destacaba. Un maletín negro y abultado que Erin reconoció enseguida. Un maletín de médico.
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