domingo
Prologo: Perseguir al conejo blanco IV
[Plaza del Emperour, Arisent]
Master: Pablo se alejaba del duelo con un intenso dolor en el costado. Todavía podía andar, pero apoyarse en Marcelo era de gran ayuda. Bajaron por un callejón en dirección al puerto para desayunar algo consistente o vomitarlo todo, lo que ocurriera primero. Cuando estaba a dos calles de distáncia, oyó detrás de él el inequivoco sonido del percutor de una pistola al ser colocado. Ese “clic” delatador que hizo que los dos se quedaran congelados por un instante.
- Un buen duelo, Don Pablo - dijo la voz detrás de ambos. - Parece que vuestra leyenda no hace más que crecer. Lástima que esta pobre gente no sepa que sois un peligroso fugitivo, ¿verdad?
Pablo reconoció esa voz. Era la voz del una y mil veces maldito inquisidor que le perseguía. Diego Hidalgo Cereceda. Se giró trabajosamente para encarar a su perseguidor. El inquisidor vestía una elaborada sotana negra con bordados rojos y su mano diestra sostenía una pistola que apuntaba al Aldana.
- Al parecer os habeís olvidado de que teneís que cumplir el resto de la condena ¿verdad?- preguntó, burlón, el inquisidor.- Es un error muy común, no os preocupeís. Ahora, si me haceís el favor de desprenderos de vuestras armas y dejarós atar por ese simpático joven, podremos ir volviendo a dónde debeís estar.
Pablo: Me giré despacio, aunque ya antes de verle, sabía que sería él. Cosa del hedor, supongo. Miré la pistola con intriga. No tenía muy claro que un hombre como él fuese a fallar aquél disparo a tan corta distancia.
- Diego. Os echaba de menos. ¿No habrá cuartel para un pobre herido? - Dije, con cierta sorna. Se trataba de ganar tiempo.
Miré las calles de alrededor buscando una salida. Imaginaba que aunque estuviese sólo, habría traído a sus secuaces con él. Quizá estaban empezando a rodearme. No había tiempo que perder. Empujé a Marcelo hacia atrás y le susurré al oído:
- Huye.
Desenvainé mi espada y a la carrera me lancé contra él, moviéndome en zigzag por las estrechas calles del pueblecito, para dificultarle el tiro.
Master: La pistola de Diego detona con un fuerte trueno que Pablo ignora. Sólo los necios intentan esquivar las balas. En vez de eso se abalanzó sobre el inquisidor apretando los dientes y esperando el balazo. Pero este nunca llegó. Un valiente e inconsciente Marcelo esprintó y saltó en la trayectoria de la bala. Ambos contendientes vieron como el chico caía al suelo sangrando profusamente con un disparo en el pecho en un silencio extraño que contrastaba con el ruido del disparo. Pablo, deteniendo su acometida, se preparó para acabar con el inquisidor en venganza.
Diego arrojó la pistola con una maldición al tiempo que desenvainaba su espada y cargaba contra Pablo, pero éste estaba preparado y desvía su hoja con facilidad antes de responder con una estocada certera al muslo derecho del inquisidor que acierta. Este se aparta cojeando con la mirada llena de furia y se arroja despreocupadamente y trata de arrollar a Pablo, este, que no espera una maniobra tan temeraria, cede bajo el peso de su rival y ambos ruedan por el suelo. La hoja de Diego, clavada en el hombro de Pablo, parece un hierro candente mientras la herida se ahonda al luchar por levantarse. Desde el suelo, el duelista castellano se levanta rodando y lanza una estocada contra el cuello de su enemigo, impactando y causando una herida menos letal de lo esperado.
Diego se aparta levantandose con la mano izquierda sobre el cuello para parar la emorragia y la espada en alto, pero esta malherido y el gesto de dolor en su rostro es todo lo que necesita Pablo para espolear su furia. El espadachín pega un salto hacia adelante blandiendo su estoque cómo si se tratara de una muleta de toreo incrustandolo debajo del esternón del inquisidor, haciendo que este se doble y caiga entre convulsiones en el charco de sangre que se forma bajo él.
Pablo: Al ver caer el peso muerto del inquisidor al suelo, mi corazón se alivió de un gran peso. Hasta ahora había temido que aquel hombre representase la voluntad del Creador de hacerme pagar por mis pecados. Pero aquella pequeña victoria demostraba que Theus estaba de mi lado. Durante unos instantes tuve dudas sobre qué era lo correcto. Pero los gritos de los hombres de Diego que se acercaban hacia mi a la carrera me las despejaron.
Todavía no estaba seguro de que aquel hombre fuese malvado, quizá sólo era un instrumento de un hombre peor aún. Seguramente aquel montaignes fuese el que le había espoleado hasta mi. No podía arrebatarle la vida aún. Y Marcelo me necesitaba. Cogí el cuerpo del muchacho del suelo. El tajo del costado se había reabierto, y la herida en el hombro que el inquisidor me había causado escocía como el infierno. Pero tenía que haerlo. Al sostenerle en brazos pude ver que todavía respiraba. Aquello era tranquilizador. No tenía muy claro a dónde dirigirme, así que fui a uno de los pocos sitios que sabía que me acogería. Me lancé en dirección al puerto, a la pequeña casa donde Marcelo vivía con su madre.
Master: Con los gritos de los hombres del inquisidor detrás de él, Pablo carga con el chico calle abajo. A trancas y barrancas logra llegar hasta el puerto, dónde se apoya por un momento en un muro dejándolo empapado en sangre. Marcelo se agita cada vez menos y los látidos borboteantes que arrojan sangre por el agujero de su pecho son cada vez más débiles mientras Pablo trata de recordar fébrilmente dónde estaba la casa de su madre. Todas las malditas casas le parecen iguales y cada segundo perdido siente cómo la vida del muchacho se escabulle entre sus manos. Al fin Pablo ve el escudo castellano en la puerta que le hizo llamar por primera vez en busca de un interprete y fuerza la puerta con un golpe de su hombro malherido. Su cara muestra un gesto de dolor mientras tira todo lo que esta encima de la sencilla mesa que gobierna la estancia al suelo para depositar al muchacho encima. La mesa rápidamente se llena de sangre que gotea hacia el suelo mientras Pablo busca la madre del muchacho en vano. Al parecer ha salido.
Una débil tos hace que Marcelo escupa sangre y entreabra los ojos girando la cabeza en dirección a Pablo.
- Casí lo teníamos ¿verdad jefe?- es lo único que puede decir, antes de morir en sus manos.
Pablo: El último suspiro de Marcelo se clavó en mi con más dolor que la espada del inquisidor. Pasé la mano por su cara, pálida por la pérdida de sangre.
- Lo hicimos genial, Marcelo. Gracias a ti ese hombre no volverá a molestar por un tiempo.
Cerré sus ojos con los dedos.
- Gracias muchacho, me has salvado la vida. Y has muerto como un valiente. Castilla se debe sentir orgullosa de haber parido un hombre como tú.
Cogí la mano inerte del chico y tuve que reprimir la tristeza. No había tiempo que perder. Busqué algún sitio donde poder poder anotar algo. Y dejo una nota para su madre.
“Su hijo me ha salvado la vida. Y aunque jamás podré compensarle por la pérdida que le he ocasinado, espero acepte mi eterno agradecimiento y el juramento de que si algún día tengo opción, buscaré a su hijo José allá donde pueda estar y le traeré noticias de él. Espero también acepte este dinero como pago por los servicios que me ha prestado, aunque no existe oro en el mundo que pueda devolverle la vida, siento que debo hacer algo y esto es lo único que puedo hacer. Espero que algún día sea capaz de perdonarme.”
Firmé con mi nombre y dejé la nota junto al cuerpo sin vida de Marcelo. Y sobre ella deposité 100 gremiales, aunque sabía que aquello no podía solucionar nada. Miré por última vez a mi salvador y me santigüé. Cerré la puerta tras de mi, y tapando como podía mis heridas me dirigí a la taberna del puerto, rogando para que los hombres del inquisidor estuviesen más preocupados por salvar su vida que por perseguirme.
Abrí la puerta de golpe, con la mano ensangrentada. Los allí reunidos me miraron con cara rara. El espectáculo que debía estar dando con aquellas pintas, medio desangrado y pálido por los nervios seguramente sería lamentable.
- Busco un barco que salga para Avalon ahora. - Hice sonar mi bolsa de monedas. - Seguro que hay alguno.
Si mi hermana seguía en aquel lugar, pronto partiría, y quizá adelantarme a ella sería lo mejor. Y si ya había partido, tampoco me quedaba más solución.
Master: La taberna entera se giró para mirarlo cuando abrió la puerta. Malherido y sangrando por los cuatro costados, Pablo hizo su mejor intento de dar el pego como tipo duro. Afortunadamente, alguien lo reconoció como el duelista que humilló al mercader grosero del pueblo y pronto lo invitarón a una ronda de asquerosa cerveza montaignesa. Pablo no tenía tiempo para aquello, pero cuando estaba a punto de ponerse a gritar, un hombre alto y demacrado que se tapaba con una capa y lucía un sombrero de ala ancha aun a cubierto se dirigió hácia él.
- ¿Cómo de rápido teneis que llegar a Avalon?- preguntó en un correcto castellano.
Pablo: Lo primero que temí es que aquel hombre me fuese a proponer usar brujería. Pero hablaba castellano y yo estaba desesperado. Dos hechos que le habían hecho ganarse una oportunidad.
- Todo lo posible. Por supuesto.
Miré la cerveza que me ofrecían, no iba a hacerle el feo a aquella parroquia de despreciarla abiertamente, pero tenía ciertas prioridades que seguro que eran capaces de comprender. Y además, allí toda la bebida era basura. Joder, soy un Don, ¿no pueden darme al menos vino de ese malo? Me estaba distrayendo con chorradas, creo que las heridas estaban empezando a darme fiebre.
Master: El desconocido mostró un nuevo brillo acerado en su mirada. Parecía que sus ojos eran la única fuente de vitalidad de aquel cuerpo marchito y demacrado.
- Entonces señor mío...- empezó a preguntar.- ¿En cuanto valoraís la velocidad?- inquirió despreocupado.
Pablo: Aquel hombre empezaba a hacerme perder el tiempo.
- Disculpad que os lo haga notar, caballero. Pero estáis hablando con Don Pablo Aldana de Montoya (del Castillo). Haced un buen servicio y no os preocupéis por el pago.
Me apoyé en la puerta cambiando el peso de pierna, para disimilar que aquellas heridas dolían como el demonio y aquella conversación no hacía mas que tocarme la moral. Si de verdad tenía un barco rápido, no habría problema.
Master: El hombre sonrió ante la impaciencia del castellano.
- Entonces supongo que querreís partir cuanto antes- se limitó a decir mientras se giraba y salía por la puerta.- Andando, Don Pablo, creo que tenemos prisa.
Pablo: Agradecí al camarero la cerveza sin haberla tocado y se la entregué al tipo más cercano en la barra. No esperaba que entendiese mi idioma, pero tampoco me preocupaba.
- Disfrútela a mi salud, yo tengo prisa.
Y acto seguido, salí detrás del capitán para ver a dónde me llevaba.
Master: El hombre lo guío hasta una pequeña fragata atracada en lo más lejano del puerto. Cruzó la pasarela sin decir sin identificarse y fue a hablar con un gran hombre gordo que estaba junto al timón. Intercambiaron unas palabras en voz baja mientras Pablo subía trabajosamente apoyandose en la barandilla, para cuando llegó el hombre gordo ya estaba gritando en avalonés a la tripulación. Estos se pusieron en marcha cómo hormigas y enctonces Pablo se dio cuenta. La tripulación entera, a excepción de los dos hombres que tenái delante, estaba compuesta enteramente por lunares.
La Habeth (así se llamaba la fragata), zarpó en menos de diez minutos en dirección a mar abierto. Y mientras se adentraba en el océano gris, pudo ver cómo los hombres del inquisidor corrian por el puerto y le señalaban gritando algo que ya no pudo entender. Y por vez primera desde que entró en montaigne, Pablo pudo relajarse dejandose caer apoyandose en un barril de cubierta. Lo que necesitaba para relajarse en montainge era, efetivamente, salir de montaigne.
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