Ishara flotaba en mitad de un mar de melaza. Era como intentar nadar en la miel, estaba rodeado por la oscuridad más absoluta y no podía avanzar. Sabía que estaba en el tiempo-sueño, pero no podía por ello sentirse menos aterrado. Además, como buen aprendiz sabía que lo que ocurría en el tiempo-sueño era tan importante como lo que ocurriese en el tiempo-mundo.
Trató de dar una brazada hacia arriba, pero no sabía dónde era arriba. Así que cerró los ojos buscando la paz e invocó sus espiritus aliados, pero no podían oirle en medio de aquella porquería.
Poco a poco la melaza fue disolviendose hasta que Ishara se encontró encima de un barco. El primero que vio en su vida, cuando creía que era la canoa más grande del mundo. La cubierta estaba sembrada de cadáveres de marineros y Ishara pudo ver una serpiente alada enroscada parsimoniosamente en mitad de la masacre. No era su amiga, pero de algun modo extraño le transmitía paz, así que decidió acercarse, pero cuando estaba a punto de tocarlo oyó un fuerte cacareo de advertencia. La serpiente y él se girarón para ver en la barandilla del barco un enorme gallo negro que les miraba con ojos penetrantes. Tenía un plumaje negro-azul impresionante y se erguía como si fuera el amo del lugar. De sus patas azules de afiladas garras colgaban unas cintas rojas, verdes y amarillas anudadas como una especie de bandera.
Sabía lo quién era ese gallo, él lo había llamado. Y el pájaro se posó con elegáncia en cubierta y empezó a andar hacia ellos. La serpiente abrió la boca y amenazó con un siseo. Ishara se apartó expectante. No entendía que estaba pasando.
Y entonces despertó. Y fue cuando el tiempo-mundo le golpeó la memoria. Había bajado del barco con su paga caliente en sus manos y había ido a comprar en casa del extraño boticario del puerto que siempre tenía nuevas y exóticas botellas llenas de ingredientes extraños que tanto le gustaban, pero nunca llegó. Por el camino algun imbécil le retó a beber en una pequeña taberna y eso era todo lo que recordaba.
Levantó la cabeza con dolor y se dio cuenta que estaba encima de una mesa con las cuatro patas rotas y rodeado por un caos terrible. Estaba sólo en la oscura tasca, sin contar un individuo con túnica de fraile que parecía tan resacoso cómo él mismo...
Finbar, si es que era así como se llamaba, levantó su cabeza amnesica con un gesto de dolor y confusión. Otro día, otro bar, otra noche perdida de su vida. ¿Dónde tenía que ir? No se acordaba. Sólo sabía que estaba en un bar destrozado, que anoche hubo bronca y que no quedaba nadie más que él y un enorme extrangero de piel negra y una serpiente con alas enroscada en la lámpara del techo. Je, en la lampara...
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