miércoles
Prologo: Perseguir al conejo blanco III
[Puerto mercantil, Arisent]
Master: No le llevó mucho rato a Pablo hacerse notar entre los habituales del humilde puerto de Arisent. Por suerte, contratar a Marcelo cómo interprete le bastó para enterarse de los comentarios jocosos de un par de marineros acerca de los atributos de su hermana. Lejos de "tomárselo como un cumplido" como le sugirieron los marinos, Pablo tuvo que enseñarles una lección de modales a las malas hasta que les quedó claro en qué podían y en qué no podían fijarse. Después de seguir un rato la pista de las dos muchachas, Pablo acabó llegando a la casa de un mercader francamente enfadado, donde Marcelo pudo discernir con dificultad entre los gritos del dueño y los sollozos de la criada que su hermana y su amiga estaban causando estragos en el pequeño pueblecito.
Al parecer las dos muchachas habían entrado en la casa de un comerciante haciéndose pasar por invitadas y, avasallando a la pobre doncella, la habían obligado a prepararles un baño caliente. Luego habían derramado lo que el montaignes llamaba "perfumes de valor incalculable" y por último habían dejado atrás sus ropas y robado un montón de ropa de chico y escapado por la ventana.
Pablo: Al escuchar la traducción de boca de Marcelo, lo cierto es que me pareció extraño. Aquella muchacha estaba llevando a mi hermana por el mal camino, era cierto, pero aquello ya era exagerado. Además, aquel montaignes estaba ensuciando el honor de mi familia al proferir aquellas falacias. No lo podía permitir.
- Marcelo, dile a nuestro orondo caballero que se calme, que tal no ha podido ser la desfachatez de dos jóvenes muchachas.
Mientras el muchacho transmitía mis palabras, me encargué de apoyarme sobre el pomo de mi espada, para recalcar el significado. El tipo no parecía de los duros, pero si no se ponía muy tonto nadie tendría por qué salir herido.
Master: El hombre pareció sulfurado y soltó una retahila de lo que los montaignes entendian por palabras al pobre Marcelo, que retrocedió abrumado. El comerciante se puso rojo como un tomate y siguió gritando mientras Marcelo empezaba a traducir:
- Esto... señor- empezó,- viene a decir que si lo sabrá él lo que esas dos... eh... señoritas han hecho en su casa. Que cómo osa poner en duda su palabra, que es un noséqué muy importante y que se va a enterar usted si no empieza a ver un poco de respeto. Que somos unos bárbaros cómo todos los castellanos y que lo que necesitamos es que los montaigneses nos enseñen modales y.. eh... más cosas que no creo que valga la pena traducir, señor.
Pablo: Con toda la frialdad de la que pude hacer gala, miré al individuo de arriba a abajo. Me coloqué el sombrero de ala ancha y encajé los guantes antes de volver a hablar al muchacho.
- Dile al imbécil este que no pongo en duda su palabra, sino la de su criada. Que seguramente exagere la situación para encubrir sus delitos. - Chasqueé la lengua y miré directamente al comerciante. - Y dile también que no pienso aguantar insultos de un cerdo con olor a rosas. Y que como miembro del gremio de espadachines, le reto a que defienda con el acero lo que ha salido de ese hueco hediondo que tiene entre el hocico y la papada.
Me puse en jarras. Suponía que un hombre como aquel podría permitirse los servicios de un espadachín profesional, pero no tenía miedo. No en aquel país y no de aquellas gentes.
Master: El comerciante ya mostraba una babilla espumosa en la comisura de sus labios mientras se ponía de puntillas y agitaba el índice delante de Pablo. Tanto Marcelo como la doncella dieron un paso atrás asustados.
- Esta hablando de llamar a los mosqueteros y de haceros colgar por esto jefe- balbucea Marcelo,- perdón, señor. Dice que usted no sabe quien es él y que... eh... va a arrepentirse de dirigirse a alguien como él de esa forma y un montón de palabrás más que no creo pudiente traduciros, señor.
Pablo: Aquel era un pueblo pequeño. Era difícil que hubiese demasiada autoridad, y la idea de mosqueteros destinados a aquel lugar casi parecía ridícula. Pero los montaigneses no se caracterizaban por hacer cosas con sentido. De todas formas, aquello no podía ir más allá. No quería ser un espectáculo para todo el lugar.
- Dile que es un desafío en firme, y que lo acepte o se retracte.
Se había acabado la dialéctica, se habían terminado los insultos. Tenía ganas de abrir en canal a aquel cerdo, o al primero que se me pusiese por delante. Tenía una cuenta pendiente con aquel país y había mucha sangre que hacer correr para saldarla.
Master: Marcelo tradujo palabra por palabra su exigencia y el mercader le miró con odio y soltó unas palabras con los dientes apretados.
- Dice que si tantas ganas tiene de morir por la... eh... descarada de su hermana que adelante, que le espera al alba en la plaza del Emperour- dijo Marcelo,- y también dice que debería hacer testamento y dejar un depostio por los daños que ha causado su hermana. Bueno, también ha añadido un par de adjetivos que le he ahorrado, señor.
Pablo: Por fin algo de sentido en esta absurda disputa. Mi corazón había empezado a latir deprisa, con la expectación del combate. Sólo había dos momentos en los que de verdad me sentía vivo, y cuando estaba a punto de matar a un hombre era uno de ellos. Aquella sensación era interesante, el poder de decidir entre la vida y la muerte. Tener a alguien a tu merced y perdonarle sus fechorías o hacerle pagar por ellas. Me sentía un instrumento de Theus.
- Dile que no tengo tanto tiempo para perder en un asunto tan ridículo. Que hoy al atardecer le debería dar suficiente tiempo para confesar sus pecados y hacer las paces con el creador.
Sonreí un poco.
- Aunque no sé si estos herejes hacen eso antes de morir o si preferirá tirarse a su criada. - Me giré al chico. - No le traduzcas esto último Marcelo.
Master: El chico tradujo diligentemente todo lo que le ordenaron que tradujera, omitiendo el resto, pero no parecía que el motaignés estubiera nada de acuerdo. Empezó a discutir con Marcelo de nuevo.
- Dice que de ninguna manera, jefe, perdón, señor- tropezó el chico,- dice que encima que la zo... que la descarada de su hermana se cuela en su casa y le roba la ropa a su hijo y otras cosas de valor, y encima que viene usetd y le insulta en su casa siendo un bárbaro y un... eeeh, desagradable castellano, que encima pretende saltarse las divinas leyes del Emperour. Quien acepta el duelo elije lugar y armas, elije espadas al alba y punto. Si no le gusta puede pagar ahora, retirar sus asquerosas palabras e irse a su eeeh... no se como traducir esto, señor, creo que se refiere a Castilla pero de una forma mucho menos elegante.
Pablo: Era de esperar, un cobarde.
- Dile que las leyes de un hereje bastardo no son aplicables al gremio de espad... bueno, no, no echemos más leña al fuego o le estallarán las venas antes de que tenga ocasión de desangrarle yo. Dile sencillamente que más le vale no huir del lugar o le buscaré en el rincón más oscuro que pueda encontrar y me aseguraré de que pague por sus injurias.
Miré directamente al gordo comerciante.
- Mañana al alba, en la plaza del Emperour.
Y dicho esto, me di la vuelta y salí del lugar, mientras Marcelo terminaba de traducir al cadaver viviente mis palabras. Cuando el chico vino junto a mi, le solté un gremial.
- Tómate el resto de la tarde libre, no creo que te necesite.
Y en solitario me dirigí a la taberna del pueblo. Pedí las cuatro cosas que sabía decir en aquel idioma impío, bebí otro vino asqueroso y cuando hube terminado, me marché dejando algo de propina. Mientras comía, había dudado si seguir buscando a mi hermana, pero en aquel estado lo más probable es que le hubiese soltado una bofetada por comportarse como una niña. Prefería poner mis pensamientos en calma y hablar con Theus. Por si algo iba mal. No lo esperaba, pero la mala suerte existía y en cuestión de armas uno nunca podía estar seguro de nada.
Al llegar a la enmohecida puerta de la iglesia, tuve que empujar para lograr abrirla. Me sorprendió que a pesar de lo descuidado del lugar resultase hermosa. La gracia del Creador se reflejaba en obras como aquellas, que hombres mucho más piadosos que los que ahora moraban el país habían construido en honor a Él. Las gruesas paredes ahogaban los ruidos del exterior y el olor era menos fétido en aquel lugar. Cuando me puse a la sombra de la cruz del profeta, noté la paz que volvía a mi. Me arrodillé ante el altar y comencé mis oraciones.
Master: La tarde transcurrió veloz en la mente de Pablo, y el tiempo y la paz de la pequeña iglesia abandonada tempero sus nervios. Aquella tierra de condenados bastardos le ponía enfermo y el hecho de que hubieran destrozado un monumento tan sencillo y a la vez hermoso hacia el Creador no hacía más que revolver la bilis que le sacudía el estómago. Decidiamente, cerrar la boca de aquel mercader gordinflón e indulgente que iba por allí manchando el buen nombre de su preciosa Lola le iba a hacer bien a su paz de espiritu.
Cuando el sol empezaba a bajar los tonos de iglesia se empezaron a tornar naranjas como los campos dorados de castilla y Pablo se puso nostálgico. Tal vez los constructores de aquella pequeña iglesia no tuvieran muchos recursos, pero desde luego el vidriero era un genio. Entonces llegó Marcelo con un carraspeo.
- Eh... disculpe señor- murmuró el muchacho, temiendo enfadarle.- He estado dándo un par de vueltas por el pueblo esta tarde y bueno... me he enterado de un par de cosas que no son muy buenas noticias...y... esto...
Pablo: No sabía cómo sentirme por la interrupción. El chico lo hacía con la mejor intención, pero no dejaba de resultarme molesto.
- Muestra un poco de respeto, Marcelo, e hinca la rodilla al entrar en la iglesia. - Cambié el gesto, tampoco quería ser duro con él. - Venga, cuéntame. Seguro que no es tan grave.
Master: el chico tragó saliva al tiempo que se arrodillaba y se santiguaba a toda prisa.
- Vereís señor- empezó atropellandose,- al parecer el mercader que habe... que os ha ofendido es un hombre muy rico ha mandado mensajeros a caballo para traer a un duelista que le haga de campeón. Señor no se si es buena idea batirse con él señor, ¡Cuentan que tiene un collar hecho con dientes de sus enemigos!- exclamó alarmado.
- Además, señor, el herrero del pueblo se queja de que le han robado dos estoques. Y he pensado, ¿quien robaría dos estoques en una herrería pudiendo robar floretes? No digo que haya sido su hermana, señor, pero en este pueblo la gente empieza a hablar no muy bien de su familia...
Pablo: Aquello era muy obvio, y la única conclusión posible era la que ya había sacado Marcelo.
- No te preocupes, no tengo miedo. He retado a un hombre y sería de cobardes marcharme ahora. Si Theus me llama a su lado, acudiré sin dudarlo.
Busqué dinero en mi bolsa y saqué 40 gremiales.
- Y sobre los estoques, coge este dinero y dáselo al herrero. Dile que Don Pablo Aldana de Montoya lo envía y pide disculpas por el comportamiento de su hermana. Y que me encargaré personalmente de que se la castigue por sus acciones... - terminé la frase para mi - si la encuentro.
Le entregué las monedas al muchacho.
- Ah, y si por casualidad ves a dos muchachas que no parezcan de aquí... - no tenía muy claro lo que pretendía - dile mi hermana que estaré en la iglesia hasta el alba.
Master: Marcelo protestó un poco antes de llevarse los cuarenta gremiales. Segun él el Don estaba siendo excesivamente generoso con el herrero que se ausentaba de su tienda. Al cabo de un par de horas, volvió diciendole que el herrero aceptaba su dinero y que le comunicaba que no guardaba rencor alguno ni a él, ni a su hermana, ni a su familia por lo sucedido. Que por lo que él respectaba no se trataba más que de un pequeño malentendido.
También le trajo un plato de comida y una bota de vino para que no pasara la noche en ayunas. Al parecer Marcelo, de su bolsillo, había decidido que no podía ir a dormir sin comer.
Pablo: Me sorprendió la iniciativa del chico. Le estaba cogiendo cariño.
- Marcelo, si mañana... - me corregí - cuando mañana termine el duelo. Bueno, me vendría bien un chico avispado como criado. - Cogí la comida y el vino y los dejé a un lado. - ¿Te interesa el puesto?
Master: El chico parecía abrumado de repente, cómo si no se esperara esa reacción.
- Oh, yo... señor...- empezó.- Bueno, claro que me interesa señor, pero tengo que cuidar de mi pobre madre señor, esta muy mayor y no soportaría que me fuera lejos mucho tiempo, ¿sabe? Desde que nuestro pueblo fue destruido para oconstruir un cuartel motaignés y nos deportarón aquí la pobre no ha podido recuperarse. Aun espera que mi hermano José vuelva del frente y me temo... me temo que esta tan muerto como nuestro pobre padre, señor.
Pablo: Me sentí un poco decepcionado. No era fácil encontrar gente como Marcelo.
- Lo entiendo, yo daría cualquier cosa por poder haber pasado un día más con mis padres. - Eché mano a la bolsa y saqué otros 5 gremiales. - Espero que esto ayude a que mejore tu madre. Y cuando ella esté bien, sabed que habrá un hueco en mi casa para vosotros.
Me quedé un rato en silencio. Sabía que aquello no pasaría, así que las explicaciones sobre mis tierras no eran necesarias. Le tendí el dinero al chico, dejando el resto del asunto perderse en gentilezas.
Master: El chico pareció dudar entre si coger o no el dinero. Pablo casi podía ver los engaranajes dentro de su cabeza. No quería coger un dinero que no se había ganado, y aun menos aceptar caridad de un Don desposeido, pero realmente necesitaba cualquier ayuda que pudiera prestar a su madre. Al final, su amor filiar pudo más que su orgullo y cogió el dinero.
- Muchas gracias señor- dijo.- Sinceramente, espero que pueda encontrar a su hermana, señor, la familia es importante.
Pablo: Sonreí, seguramente por última vez aquel día.
- No me des las gracias, no es un regalo. Es un adelanto por los servicios que algún día me prestarás y el pago por los que me has prestado.
Me giré y cogí la bota para pegarle un buen trago.
- Y ahora, ve a cuidar de tu madre. Yo debo quedarme a poner orden a mis pensamientos.
Master: - Como diga señor, nos vemos al alba señor- dijo Marcelo sin más. Antes de dirigirse a la puerta e irse.
Pablo: Comí un poco y bebí otro poco. Los duelos me quitaban el apetito. Pasé el resto de la noche en vela, pidiendo perdón al Creador por mis pecados y rogando que guiase mi mano en la mañana para acabar con aquellos herejes. Cuando los primeros rayos del sol entraron por la ventana, me dirigí al lugar designado. El pueblo era pequeño y no me costó demasiado encontrarlo.
Master: La plaza del Emperour solía ser la plaza central de todos los pueblos de montaigne, cómo la plaza mayor en Castilla. Esta era pequeña pero almenos estaba lo suficientemente limpia para tratarse de un pueblo de curtidores apestoso. Una pequeña muchedumbre se había reunido para ver el duelo, al parecer allí la gente tenía muy poco trabajo que hacer. El gordo mercader se mostraba ufano en un lado del círculo. A su lado había dos hombres de aspecto serio y ropajes sobrios y un tercer hombre que Pablo identifico como duelista. No iba excesivamente bien vestido y llevaba el pelo y la barba descuidados, pero parecía en bastante buena forma física y el modo en que colgaba la espada de su cinturon sugería comodidad.
También estaba allí Marcelo, que rápidamente le informó de que los dos hombres de negro serían los testigos y que el duelista se llamaba Jean-Luc Pont-du-Lac y que era bastante famoso. Allí estaba, pudo constatar Pablo, el collar de dientes que llevaba el muy arrogante alrededor de su cuello. El mercader dijo algo a la concurrencia que al parecer era muy gracioso, puesto que se oyeron unas sonoras risas generalizadas.
- Ese gordo dice que no es usted un cobarde cómo parecía, señor, que la zo... la descarada de su hermana puede estar orgullosa de los hijos que tengan juntos- el muchacho titubeo.- Y más cosas que no es necesario traducir. Tenga cuidado señor, ¡el tal Pont-du-Lac es un carnicero!
Pablo: Miré al gordo con desprecio, le sonreí con más desprecio aún y escupí al suelo el sabor a bilis que acababa de despertar en mi. Aquello sólo haría que el tal Jean-Luc sufriese más. Despejé mi mente. Miré alrededor en la plaza. Aquel lugar circular me gustaba, me hacía sentir como en las prolongadas clases de esgrima. Desenvainé y recorrí parte del círculo con la punta de mi acero. Sin mediar palabra me puse en guardia e hice un gesto a mi oponente, dándole pie a que se preparase también.
Master: El duelista sonrió relamiendose los labios ante el desprecio de Pablo. Desenvainó un Main gauche y su espada y se situó ante él en posición de ataque. La esgrima montaignesa siempre le había parecido tosca e imprecisa, pero tenía que reconocer que los bastardos eran rápidos de verdad. Empezaron a girar en circulos...
De repente el montaignés atacó cómo un relampago salido del infierno, pero Pablo estaba preparado, dio un paso lateral desviando la mortal estocada con elegancia y lanzó su aguijón acertando en el brazo izquierdo de su oponente, pero al parecer sólo se trataba de un rasguño superficial. El montaignés no dejó que eso le amedrentará y siguió atacando a Pablo cómo una cobra, este no pudo detener la segunda estocada que perforó su costado. Reprimió un grito de dolor y se apartó para preparar su ataque. Ataque que el duelista rival trató de bloquear con una parada doble pero que acertó sobre su anterior herida. Jean-luc retrocedió dejando caer el brazo visiblemente herido, pero su círculo de la muerte no cesó.
Pero el montaignés estaba lejos de decir su ultima palabra. Presa de una ferocidad inaudita, el montaignés volvió a apuñalar a Pablo como un relampago sin que este pudiera hacer nada para pararlo. Y por si no fuera bastante otra estocada trató de abrirse paso en la defensa del castellano, pero este consiguió parar el golpe y propinar una respuesta torpe que dejó su hoja demasiado expuesta. El montaignés intentó aprovecharse de eso y desarmar a su rival pero Pablo consiguió mantener su espada en la mano pese a la maniobra. Enfadado propinó una estocada demasiado influenciada por la furia que falló por mucho.
Por unos instantes las vueltas siguieron hasta que Pablo pasó al ataque con una estocada fría y terrible directa al hígado del montaignés, este fue incapaz de pararlo y se apartó malherido. Pablo aprovechó la oportunidad para intentar un remate pero le pudo la impaciencia y su estocada fue desviada en el ultimo momento. Aun así no dejó de hostigar al duelista e intentó acabar con Jean-luc pero este cruzó sus armas para detenerlo. Desgraciadamente para él estaba demasiado cansado y herido para conservar sus reflejos y el estoque de pablo se incrustó en su hombro haciendo que su cuerpo dijera basta. Jean-luc cayó al suelo incapaz de seguir la pelea.
Pablo: Al ver caer al espadachín al suelo al suelo, relajé los hombros. La herida en el costado sangraba bastante, pero de momento no podía prestarle atención. Miré al comerciante, y pude ver el miedo en su cara.
- Marcelo, dile a este hombre, que considero que ya se ha derramado demasiada sangre entre castellanos y montaigneses, y que si retira las injurias sobre mi hermana, estoy dispuesto a perdonar su vida. Que comprenderé que ha sido mal informado y que se ha dado cuenta.
Master: El mercader pasa de la palidez del miedo a la muerte al enrogecimiento de la rabia, pero al parecer su miedo a morir supera su orgullo y acaba farfullando unas palabras a Marcelo para regocijo del público.
- Dice que retira lo dicho, señor, que vos teniaís razón y que este asunto nunca debería haber llegado tan lejos. Y pide permiso para atender las heridas de su campeón.
Pablo: Asentí al comerciante y miré al espadachín en el suelo.
- Este hombre ha combatido mejor de lo que esperaba, no merece yacer en el suelo.
Envainé la espada y me acerqué al chico.
- Y ahora, ayúdame a encontrar un médico que me apañe este tajo. Seguro que dejará una bonita cicatriz.
Y ayudado por el chico, abandoné la plaza ante la atenta mirada de medio pueblo. Supuse que en algún momento mi hermana oiría algo de aquello. Al menos así no tendría que hacer yo todo el trabajo por reencontrarnos.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario